Marsella se abre al Mediterráneo con una personalidad difícil de encasillar, intensa, luminosa y algo caótica, pero precisamente por eso tan auténtica. Está ciudad no se visita, se vive, se respira y se camina sin prisas, dejándose llevar por ese aire salino que sube desde el puerto y se mezcla con el aroma de la lavanda que recuerda que estamos en la capital de la Provenza francesa.
Marsella es también historia, arte y contrastes. En una misma jornada se puede pasar del bullicio del centro histórico al silencio de una cala escondida, de una basílica monumental a un barrio bohemio lleno de grafitis y terrazas improvisadas. Recorrerla de punta a punta es entender por qué ha inspirado a pintores, escritores y pensadores, y por qué sigue atrapando a quien se acerca sin demasiadas expectativas.
1El puerto y los barrios de Marsella
Marsella tiene en el Vieux Port su punto de partida natural. Este puerto histórico, presente desde la época griega, sigue siendo uno de los lugares más vivos de la ciudad. Barcos de pescadores conviven con embarcaciones modernas mientras locales y visitantes pasean sin rumbo fijo, se sientan a comer una bouillabaisse o simplemente miran cómo el sol se va apagando sobre el agua al final del día.
A pocos pasos del puerto aparece Le Panier, el barrio más antiguo y bohemio de Marsella. Aquí la ciudad cambia de ritmo, las calles se estrechan y las fachadas de colores se llenan de plantas, tiendas artesanas y cafés pequeños donde el tiempo parece ir más despacio. Perderse por Le Panier es una de las mejores formas de entender la esencia marsellesa, alegre, creativa y profundamente mediterránea.





