Marsella se abre al Mediterráneo con una personalidad difícil de encasillar, intensa, luminosa y algo caótica, pero precisamente por eso tan auténtica. Está ciudad no se visita, se vive, se respira y se camina sin prisas, dejándose llevar por ese aire salino que sube desde el puerto y se mezcla con el aroma de la lavanda que recuerda que estamos en la capital de la Provenza francesa.
Marsella es también historia, arte y contrastes. En una misma jornada se puede pasar del bullicio del centro histórico al silencio de una cala escondida, de una basílica monumental a un barrio bohemio lleno de grafitis y terrazas improvisadas. Recorrerla de punta a punta es entender por qué ha inspirado a pintores, escritores y pensadores, y por qué sigue atrapando a quien se acerca sin demasiadas expectativas.
2El puerto y los barrios de Marsella
Marsella se reconoce desde lejos por la silueta de Notre Dame de la Garde, la basílica que corona una de sus colinas más visibles. Este templo neo-bizantino del siglo XIX no solo impresiona por su arquitectura y su Virgen dorada de once metros, sino por las vistas privilegiadas que ofrece sobre toda la ciudad y el mar. En su interior, los mosaicos dorados y las maquetas de barcos recuerdan el vínculo eterno de Marsella con la navegación.
Muy cerca, el MuCEM se ha convertido en uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. Dedicado a las civilizaciones del Mediterráneo, combina historia y modernidad y se conecta mediante una pasarela con el Fuerte de Saint Jean, una fortaleza medieval que permite comprender el pasado defensivo de Marsella. A esto se suman joyas como la Catedral de La Major, de estilo neo románico-bizantino, o la sorprendente Unité d’Habitation de Le Corbusier, una ciudad vertical adelantada a su tiempo que sigue despertando curiosidad.






