La ciudad que mira al Mediterráneo: qué ver en Marsella de punta a punta

Marsella no se entiende con un mapa en la mano, sino caminándola sin prisas y dejándose llevar por el mar. Entre puerto, barrios con alma, monumentos y calas escondidas, la ciudad sorprende a cada paso y demuestra que el Mediterráneo aquí no solo se mira, se vive.

Marsella se abre al Mediterráneo con una personalidad difícil de encasillar, intensa, luminosa y algo caótica, pero precisamente por eso tan auténtica. Está ciudad no se visita, se vive, se respira y se camina sin prisas, dejándose llevar por ese aire salino que sube desde el puerto y se mezcla con el aroma de la lavanda que recuerda que estamos en la capital de la Provenza francesa.

Marsella es también historia, arte y contrastes. En una misma jornada se puede pasar del bullicio del centro histórico al silencio de una cala escondida, de una basílica monumental a un barrio bohemio lleno de grafitis y terrazas improvisadas. Recorrerla de punta a punta es entender por qué ha inspirado a pintores, escritores y pensadores, y por qué sigue atrapando a quien se acerca sin demasiadas expectativas.

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Más allá del centro y su lado natural

“Lugares históricos de la ciudad”. Fuente: Wikipedia

Marsella también se disfruta alejándose del centro histórico, por ejemplo, pasear por el Boulevard Longchamp conduce al Palais Longchamp, un elegante conjunto del siglo XIX rodeado de jardines y fuentes barrocas que hoy alberga museos y ofrece un respiro verde dentro de la ciudad. Otro salto en el tiempo lleva hasta el Castillo de If, frente a la bahía, una fortaleza convertida en prisión que Alejandro Dumas inmortalizó en El conde de Montecristo.

Más íntimos y llenos de carácter son lugares como la Abadía de San Víctor, uno de los edificios más antiguos de Marsella, o Vallon des Auffes, un pequeño puerto pesquero que parece detenido en el pasado y que muchos consideran uno de los mejores sitios para comer en la ciudad. Y para cerrar el viaje, nada como Les Calanques, un parque natural de aguas turquesas y acantilados blancos que resume a la perfección el espíritu de Marsella, salvaje, luminosa y profundamente mediterránea.

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