La inflamación se ha convertido en una de esas palabras que escuchamos cada vez más, casi siempre asociada a lo que comemos y a los excesos en la mesa. Sin embargo, reducirla solo al plato es quedarse corto, ya que en realidad, también tiene mucho que ver con cómo vivimos, cómo sentimos y cómo atravesamos épocas de estrés emocional, cambios de rutina y presión social, algo especialmente visible en momentos de celebraciones o desajustes prolongados.
La inflamación, explican las expertas, no aparece de un día para otro ni responde a una sola causa, sino que es más bien el resultado de una suma de factores en la que entran en juego la alimentación, el descanso, la gestión emocional y la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo. Entender esa conexión es clave para dejar de culpabilizar solo a la comida y empezar a mirar el cuadro completo, que es bastante más complejo de lo que parece.
1La inflamación empieza en el intestino, pero no se queda ahí
La inflamación tiene una relación directa con el sistema digestivo, un órgano que está en comunicación constante con el cerebro a través de nervios, hormonas y el sistema inmunitario. Cuando vivimos situaciones de estrés emocional, ansiedad o sobrecarga mental durante varios días, el cuerpo entra en modo alerta y eso se nota, y mucho, en el intestino. La digestión se vuelve más lenta, se producen menos enzimas y el aparato digestivo se vuelve más sensible al dolor y al malestar.
Paloma García Zubieta, psicóloga sanitaria, explica que cuando hay desregulación emocional, el sistema digestivo suele ser el primero en resentirse. Se altera la microbiota intestinal, se favorecen procesos inflamatorios y aparecen síntomas como hinchazón, gases o pesadez. No es solo lo que se come, sino desde qué estado emocional se hace, y esa diferencia cambia por completo la respuesta del cuerpo.






