La inflamación se ha convertido en una de esas palabras que escuchamos cada vez más, casi siempre asociada a lo que comemos y a los excesos en la mesa. Sin embargo, reducirla solo al plato es quedarse corto, ya que en realidad, también tiene mucho que ver con cómo vivimos, cómo sentimos y cómo atravesamos épocas de estrés emocional, cambios de rutina y presión social, algo especialmente visible en momentos de celebraciones o desajustes prolongados.
La inflamación, explican las expertas, no aparece de un día para otro ni responde a una sola causa, sino que es más bien el resultado de una suma de factores en la que entran en juego la alimentación, el descanso, la gestión emocional y la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo. Entender esa conexión es clave para dejar de culpabilizar solo a la comida y empezar a mirar el cuadro completo, que es bastante más complejo de lo que parece.
2Comer bien ayuda, pero no lo es todo
La inflamación no se combate únicamente eliminando ciertos alimentos, aunque la nutrición sigue siendo una pieza importante del puzzle. Sara Ayuso, nutricionista clínica, recuerda que proteger el sistema digestivo no implica renunciar al disfrute, sino ayudar al cuerpo a gestionar mejor los excesos y a recuperarse antes. Mantener verduras y ensaladas en las comidas principales, priorizar proteínas de calidad y no descuidar la hidratación marca una diferencia real.
Además, pequeños gestos como comer despacio, masticar bien y respetar las señales de saciedad actúan como auténticos protectores digestivos. Limitar el alcohol, que deshidrata y favorece la inflamación, y cuidar la microbiota con alimentos como el kéfir, las legumbres o las frutas ricas en fibra fermentable ayuda a mantener el equilibrio interno, incluso en épocas de comidas más abundantes o desordenadas.






