La inflamación se ha convertido en una de esas palabras que escuchamos cada vez más, casi siempre asociada a lo que comemos y a los excesos en la mesa. Sin embargo, reducirla solo al plato es quedarse corto, ya que en realidad, también tiene mucho que ver con cómo vivimos, cómo sentimos y cómo atravesamos épocas de estrés emocional, cambios de rutina y presión social, algo especialmente visible en momentos de celebraciones o desajustes prolongados.
La inflamación, explican las expertas, no aparece de un día para otro ni responde a una sola causa, sino que es más bien el resultado de una suma de factores en la que entran en juego la alimentación, el descanso, la gestión emocional y la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo. Entender esa conexión es clave para dejar de culpabilizar solo a la comida y empezar a mirar el cuadro completo, que es bastante más complejo de lo que parece.
3El impacto silencioso del estrés y las emociones
La inflamación también se alimenta de emociones mantenidas en el tiempo, pues como tal no es la emoción puntual la que genera el problema, sino su duración; por ejemplo, la ira y el enfado constantes activan el sistema nervioso simpático, elevan la tensión y favorecen respuestas inflamatorias, mientras que la ansiedad mantiene al cuerpo en estado de alerta, lo que se traduce en problemas digestivos, alteraciones del sueño y cambios en la microbiota intestinal.
El estrés crónico eleva el cortisol y la adrenalina, afectando al sistema inmunitario, al intestino y al descanso. A esto se suman emociones más silenciosas como la culpa o la autoexigencia excesiva, muy presentes en la relación con la comida y el cuerpo, que también actúan como disparadores de inflamación. Como recuerdan las expertas, la comida no es el enemigo, sino el uso que hacemos de ella para regular lo que sentimos.






