Para los expertos en Defensa, los Cazadores de Montaña no son simplemente soldados con un uniforme diferente; representan la culminación de una tradición centenaria española de unidades de infantería ligeras diseñadas para operar allí donde la tecnología de los blindados pesados y la logística convencional se rinden ante la tiranía del relieve.
En pleno 2026, con el tablero geopolítico liderado por Donald Trump desplazando su interés hacia las regiones polares y el Ártico, estas tropas han dejado de ser una fuerza de defensa fronteriza en los Pirineos para convertirse en una herramienta de proyección estratégica global, capaz de llevar el pabellón español desde las cordilleras afganas hasta las llanuras heladas de Groenlandia. Algo que remarcan las duras semanas de entrenamiento que vienen para esta icónica unidad del Ejército español.
IDENTIDAD BAJO UN DURO TRABAJO
La identidad del Cazador de Montaña se forja bajo un lema que define su ética de trabajo: lo difícil se hace, lo imposible se intenta. Esta premisa, según cuentan veteranos de la unidad, «no es una mera frase decorativa», sino la base de una capacidad técnica que los sitúa a medio camino entre el combatiente de élite y el montañero profesional.
El distintivo que portan con orgullo, el Edelweiss, simboliza esa resistencia silenciosa de esta clase de flor que crece donde ninguna otra sobrevive. Ser un cazador implica dominar el entorno antes que al enemigo, pues en la alta montaña la naturaleza es el primer adversario a batir. Su entrenamiento no se limita al manejo de las armas, sino que abarca un conocimiento profundo de la orografía, la meteorología y las técnicas de progresión en terrenos verticales que harían retroceder a cualquier unidad de infantería ligera convencional.

Actualmente, el Mando de Tropas de Montaña, tiene su sede en la ciudad de Jaca. Este centro neurálgico coordina dos regimientos que son muy importantes en la historia de la milicia española. El Regimiento de Infantería Galicia número 64, con base en Huesca, se erige como el especialista indiscutible en la alta montaña y el esquí de escalada, mientras que el Regimiento de Infantería América número 66, ubicado en Navarra, aporta una versatilidad crucial en el combate en zonas polares.
Ambas unidades comparten una formación que busca la excelencia en tres pilares fundamentales. Primero, el dominio del movimiento, que incluye desde el esquí de travesía hasta la supervivencia en iglús. Segundo, el combate en altitud, donde el tiro se vuelve una ciencia compleja debido a los ángulos de inclinación y la rarefacción del aire. Y finalmente, una logística que depende de los Transportes Orugas de Montaña, vehículos suecos capaces de navegar sobre mantos de nieve profunda donde un tanque se hundiría irremediablemente.
SOLDADOS DE ALTA MONTAÑA
Los aspirantes deben superar primero el acceso general al Ejército, pero el verdadero filtro llega con el Plan de Instrucción de Montaña. Para los cuadros de mando, el paso por la Escuela Militar de Montaña y Operaciones Especiales de Jaca es obligatorio. Este centro, de prestigio internacional, es el lugar donde se forman los líderes de las unidades de la OTAN.
«Allí se enseña que el frío no es un estado del tiempo, sino un enemigo que requiere una vigilancia constante», remarcan los veteranos del cuerpo. El entrenamiento es una rutina de exigencia extrema que comienza con carreras por senderos escarpados y termina con marchas de decenas de kilómetros cargando equipos que superan los veinticinco kilogramos, según informan desde el propio regimiento.
El equipo de un cazador es una oficina móvil de supervivencia. A diferencia de las unidades mecanizadas, estos soldados llevan su casa a cuestas en mochilas diseñadas para la ergonomía y la ligereza. Utilizan el fusil HK G36E, pero adaptado con ópticas de precisión para los largos valles de montaña. Su vestuario es un sistema de capas de alta tecnología donde el Gore-Tex y las prendas térmicas de última generación son la única barrera entre la operatividad y la hipotermia.
Cada elemento, desde los piolets hasta los crampones y las pieles de foca para los esquís, debe funcionar a la perfección, pues la vida de cada hombre depende literalmente del nudo y la cuerda que sujeta su compañero. Soldados con un riesgo compartido y una autonomía necesaria para tomar decisiones cuando la comunicación por radio se corta debido a una tormenta de nieve.

HISTORIAL DE ACTUACIONES
La valía de estas tropas se ha demostrado en los escenarios más complejos de las últimas décadas. En Afganistán, bajo el paraguas de la misión ISAF, los Cazadores de Montaña se enfrentaron a su despliegue más natural y exigente. En las estribaciones del Hindú Kush, realizaron patrullas a más de tres mil metros de altitud, asegurando pasos de montaña vitales para la estabilidad de las provincias de Badghis y Herat.
Allí, el contraste térmico era brutal: veranos de calor asfixiante y vientos polares en invierno que congelaban los mecanismos de las armas. Su capacidad para moverse sigilosamente por terrenos quebrados los convirtió en la fuerza preferida para misiones de reconocimiento y control de fronteras, una labor que también desempeñaron con éxito bajo el mandato de la ONU en el Líbano, vigilando la tensa e inexistente línea azul que separa al país de Israel.
La presencia española en los Balcanes durante los años noventa también fue testigo de su trabajo. Cuando las carreteras de Bosnia se convertían en trampas de hielo y nieve, eran los regimientos de montaña los que garantizaban el paso de los convoyes humanitarios. En la actualidad, ese despliegue internacional se ha trasladado al flanco este de Europa.
En Letonia, como parte de la presencia avanzada de la OTAN, los cazadores españoles aportan algo que pocos ejércitos europeos pueden ofrecer: maestría en el combate sobre esquís en bosques densos y el uso táctico de los vehículos oruga en terrenos pantanosos o nevados. Esta experiencia acumulada es lo que les permite ser considerados hoy como la punta de lanza para cualquier contingente que España decidiera enviar a un escenario tan remoto como Groenlandia.
UN DESAFÍO EN EL ÁRTICO
Un hipotético despliegue en Groenlandia, a día de hoy, no es una fantasía militar, sino una posibilidad técnica para la que el Ejército español se prepara con rigor en este 2026. Operar en el hielo perpetuo requiere una simbiosis entre los Cazadores de Montaña y otras unidades de apoyo.
En un escenario de este tipo, el Mando de Operaciones Especiales, los famosos Boinas Verdes, actuaría en misiones de infiltración mediante saltos paracaidistas sobre el hielo o aproximaciones en embarcaciones rápidas por los fiordos. Junto a ellos, las Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra serían fundamentales, utilizando sus helicópteros Chinook para trasladar tropas y suministros pesados entre bases aisladas donde el clima puede cambiar en cuestión de minutos.
La preparación para estas latitudes extremas tiene su laboratorio más avanzado en la Antártida. Cada año, la Campaña Antártica del Ejército de Tierra en la Base Gabriel de Castilla sirve para probar materiales que luego se estandarizan para toda la fuerza. Los militares que regresan de la Antártida no solo traen datos científicos, sino una experiencia incalculable en logística polar, transmisiones satelitales en zonas de interferencia magnética y medicina de montaña.
Si España desplegara en Groenlandia, el equipo incluiría lubricantes especiales para que el armamento no se bloquee a treinta grados bajo cero y sistemas de comunicaciones encriptadas capaces de superar las perturbaciones de las auroras boreales, un reto tecnológico que el Ejército ya está ensayando en sus maniobras anuales.
EJERCICIOS INFIERNO BLANCO
Para mantener este nivel de operatividad, el ejercicio Infierno Blanco se ha consolidado como la prueba de fuego de las tropas de montaña. En los valles de Candanchú y Astún, los soldados recrean las condiciones de un conflicto en el Ártico. El objetivo de estas maniobras no es simplemente táctico, sino biológico: se trata de aprender a sobrevivir para poder combatir.
Los ejercicios incluyen noches en iglús de combate construidos por los propios soldados, donde la temperatura interior se mantiene apenas por encima del punto de congelación mientras fuera ruge la ventisca. Es en estos momentos cuando se practica la evacuación de bajas en trineos denominados pulkas, un proceso agónico y lento que requiere una coordinación perfecta para evitar que el herido fallezca por frío antes de llegar al puesto de socorro.
El Infierno Blanco también pone a prueba la guerra electrónica en entornos gélidos. En 2026, la protección de los datos y la señal de radio es tan crítica como el suministro de munición. Los cazadores entrenan con radios de salto de frecuencia que resisten las temperaturas extremas, evitando que las baterías se agoten por el frío intenso
. Los veteranos de estas unidades suelen recordar a los novatos que el mayor peligro no es la nieve, sino el viento, que puede desplomar la sensación térmica hasta los veinticinco grados bajo cero en segundos. En esas condiciones, la disciplina es total: los soldados se vigilan la cara mutuamente cada pocos minutos buscando manchas blancas, el signo inequívoco de que la congelación está comenzando a reclamar tejido vivo.
En España, los Cazadores de Montaña son el último recurso cuando las catástrofes de nieve desbordan a los servicios de emergencia civiles. Su capacidad para abrir rutas y rescatar comunidades aisladas los ha convertido en figuras respetadas y queridas por la población de las zonas de montaña.
A nivel internacional, su integración en ejercicios como el Cold Response en Noruega, donde entrenan junto a los Marines de Estados Unidos y los cazadores alpinos franceses, sitúa a España en el club exclusivo de naciones capaces de operar en el círculo polar ártico, reafirmando la soberanía y los compromisos de los aliados en un mundo donde el control de las rutas del norte es cada vez más estratégico.







