El alcohol forma parte del paisaje cotidiano de muchas personas, especialmente cuando llega la noche y el cuerpo pide parar, desconectar y, con suerte, dormir mejor. Una copa antes de acostarse se ha normalizado como un pequeño truco casero para conciliar el sueño más rápido, una especie de atajo que promete descanso inmediato después de días largos y cabezas llenas de ruido.
Sin embargo, esa sensación de alivio esconde un efecto muy distinto al que se busca, y lo que parece un gesto inofensivo acaba teniendo un impacto real en el descanso, en el estado de ánimo y en la salud cerebral. Como recuerda el doctor José Antonio Felices, radiólogo y autor de ‘Radiografía de una vida sana’, desde un punto de vista médico “la única cantidad totalmente segura de alcohol es cero”, una frase contundente que desmonta muchos mitos asumidos sin cuestionar.
1Dormirse rápido no es dormir mejor
El alcohol actúa como un sedante rápido, y ahí está la trampa, pues tras una copa, el cuerpo se relaja y el sueño llega antes, pero ese descanso es superficial y poco reparador. El alcohol altera la arquitectura natural del sueño y reduce de forma drástica la fase REM, la más importante para la recuperación mental, la memoria y la estabilidad emocional.
Por eso, al día siguiente no solo aparece la típica resaca física, sino que muchas personas también se levantan más irritables, tristes o emocionalmente frágiles sin entender por qué. El cerebro no ha descansado como debería, y el alcohol, lejos de ayudar, ha interferido en un proceso esencial para el equilibrio psicológico. Dormirse antes no significa dormir bien, aunque durante años se haya vendido como lo mismo.





