El alcohol forma parte del paisaje cotidiano de muchas personas, especialmente cuando llega la noche y el cuerpo pide parar, desconectar y, con suerte, dormir mejor. Una copa antes de acostarse se ha normalizado como un pequeño truco casero para conciliar el sueño más rápido, una especie de atajo que promete descanso inmediato después de días largos y cabezas llenas de ruido.
Sin embargo, esa sensación de alivio esconde un efecto muy distinto al que se busca, y lo que parece un gesto inofensivo acaba teniendo un impacto real en el descanso, en el estado de ánimo y en la salud cerebral. Como recuerda el doctor José Antonio Felices, radiólogo y autor de ‘Radiografía de una vida sana’, desde un punto de vista médico “la única cantidad totalmente segura de alcohol es cero”, una frase contundente que desmonta muchos mitos asumidos sin cuestionar.
3Ansiedad, memoria y el precio del “consuelo”
El alcohol ofrece un consuelo inmediato porque actúa como ansiolítico rápido y activa la dopamina, el neurotransmisor del placer. Durante unas horas parece que todo pesa menos, pero ese alivio tiene letra pequeña. Cuando el efecto desaparece, el cerebro intenta compensar y entra en un estado de mayor excitación, lo que se traduce en más ansiedad que antes de beber.
Además, el daño neuronal no depende del tipo de bebida, sino del etanol, esté en una copa de vino, una cerveza o un combinado. El alcohol provoca una pérdida progresiva de conexiones neuronales, una poda silenciosa que empobrece la red cerebral. No borra recuerdos antiguos, pero sí impide que muchos nuevos lleguen a fijarse. Por eso, tras una noche de copas, no es que falte memoria, es que nunca llegó a construirse.





