El ayuno prolongado se ha convertido en la respuesta rápida de muchas personas cuando el cuerpo pasa factura tras semanas de excesos, comidas copiosas y rutinas desordenadas. Parece lógico pensar que dejar de comer durante horas o días puede servir para “limpiar” el organismo y empezar de cero, pero esa idea, tan extendida, no siempre juega a favor de la salud ni del metabolismo.
El problema es que el ayuno prolongado, cuando se practica sin planificación o se lleva al extremo, puede activar mecanismos internos que van justo en la dirección contraria a la deseada. Lejos de depurar, el cuerpo interpreta la restricción como una señal de escasez, y ahí empiezan el cansancio, el hambre constante y el temido efecto rebote que tantos intentan evitar.
2El efecto rebote que nadie espera con el ayuno prolongado
Ayunar para compensar excesos es una creencia muy arraigada, pero poco realista, pues en realidad el cuerpo no responde a castigos ni a objetivos estéticos, responde a la necesidad de sobrevivir. Cuando percibe falta de energía durante demasiado tiempo, aprende a ahorrar y cualquier exceso posterior se aprovecha más haciendo que el peso vuelva con facilidad.
Por eso el efecto rebote es tan común tras ayunos prolongados o dietas muy restrictivas, y no se trata de falta de fuerza de voluntad, sino de biología pura. El metabolismo se adapta para protegerse, generando más hambre, peor descanso y una mayor dificultad para estabilizar el peso cuando se retoma una alimentación normal.






