Europa se asoma a una nueva era nuclear. Suecia, un país que durante décadas fue baluarte del desarme, ha dado un paso que hace apenas unos años parecía impensable: ha solicitado formalmente participar en el programa atómico liderado por Francia y el Reino Unido. El primer ministro Ulf Kristersson ha sido claro: en un mundo donde «países peligrosos» poseen el botón rojo, las democracias europeas no pueden permitirse quedar desprotegidas.
Este movimiento es el síntoma más evidente de que el tablero geopolítico ha saltado por los aires. La entrada de Suecia en la OTAN en 2024 fue solo el principio; ahora, la incertidumbre sobre el compromiso de Washington con la defensa europea está obligando a las potencias del Viejo Continente a buscar su propia soberanía nuclear. Estocolmo no solo quiere estar en los debates, quiere formar parte del escudo que disuada a una Rusia que no deja de exhibir su músculo nuclear en el Báltico.
La estrategia sueca tiene, además, una base material sólida. El año pasado, el país levantó la prohibición para extraer uranio en su territorio. Lo que comenzó como un plan para garantizar la energía eléctrica podría terminar convirtiéndose en el combustible de la primera fuerza nuclear multinacional de Europa. Suecia ya no solo pide protección; está dispuesta a poner sus recursos sobre la mesa para asegurar que el «paraguas atómico» sea, por fin, exclusivamente europeo.
El fin del tabú: ¿Por qué Suecia quiere la bomba ahora?
La decisión de Kristersson responde a un cambio de paradigma en la seguridad colectiva. Tras el ingreso en la OTAN, Suecia ha comprendido que la disuasión convencional podría no ser suficiente frente a un arsenal ruso que supera las 5.500 ojivas. La «paz nuclear» que ha reinado en Europa durante décadas se percibe hoy como frágil, y Estocolmo cree que solo el acceso a armas de destrucción masiva puede garantizar que las fronteras nórdicas sigan siendo respetadas.
Además, existe un factor de desconfianza política hacia los Estados Unidos. Con una administración norteamericana que cuestiona la utilidad de la Alianza Atlántica, países como Alemania, Polonia y ahora Suecia ven en el eje París-Londres una garantía más estable. Francia, la única potencia de la UE con arsenal propio y autónomo, se ha mostrado abierta a un «diálogo nuclear» con sus socios, abriendo la puerta a una OTAN europea mucho más agresiva y autónoma.
El uranio sueco: De la energía a la disuasión
Suecia cuenta con una ventaja que otros países europeos no tienen: sus vastas reservas de uranio. Hasta hace poco, la explotación de este mineral estaba prohibida por motivos ambientales y morales, pero la guerra en Ucrania y la crisis energética cambiaron las prioridades. Si Suecia decide procesar su propio uranio para fines militares, pasaría de ser un país protegido a ser un actor clave en la producción de armamento atómico.
Este giro ha provocado un intenso debate interno en un país donde el pacifismo forma parte del ADN nacional. Sin embargo, el Gobierno insiste en que la disuasión es la única forma de evitar un conflicto mayor. «Mientras haya países peligrosos con armas nucleares, las democracias también deben tenerlas», afirma Kristersson, marcando una línea roja que sitúa a Suecia en la vanguardia de la nueva carrera armamentista europea.
El escenario en 2026: Una Europa dividida por el átomo
La incorporación de Suecia al programa francobritánico podría ser el primer paso hacia una fuerza nuclear común europea. Hasta ahora, el arsenal británico dependía en gran medida de tecnología estadounidense, pero la nueva alianza firmada entre Londres y París busca crear una alternativa independiente. Si Estocolmo aporta financiación y tecnología, el eje del poder militar en Europa se desplazaría definitivamente hacia el norte y el oeste, dejando a Rusia con un adversario mucho más cohesionado.
La solicitud de Suecia es un aviso para navegantes: el orden mundial de la posguerra ha muerto. La búsqueda del «paraguas atómico» por parte de Estocolmo no es solo un movimiento militar, es una declaración de supervivencia. Europa está decidida a no volver a ser el tablero de juego de otros, incluso si eso significa abrazar de nuevo la doctrina de la destrucción mutua asegurada.






