La proteína se ha convertido en una de las grandes protagonistas de la cesta de la compra, es más, solo basta con recorrer cualquier supermercado para comprobarlo y encontrar yogures, panes, barritas, postres o incluso snacks que presumen de ser “altos en proteína” y prometen salud, saciedad y mejores resultados físicos casi sin esfuerzo. Para muchas personas, elegir estos productos parece una decisión lógica y hasta responsable.
El problema es que no todo lo que lleva la etiqueta de proteína juega a favor del organismo. Aunque este nutriente es esencial y cumple funciones clave en el cuerpo, no siempre más es mejor, y mucho menos cuando procede de productos ultraprocesados que esconden otros ingredientes menos deseables. Comer proteína es necesario, pero entender de dónde viene y en qué contexto se consume es lo que marca la diferencia.
1La proteína es necesaria, pero no todas valen lo mismo
La proteína es fundamental para la reparación de tejidos, la formación de músculo, el sistema inmunitario y numerosos procesos hormonales y metabólicos. Un déficit puede traducirse en pérdida de masa muscular, defensas bajas o mayor riesgo de problemas óseos, de ahí que su presencia en la dieta sea imprescindible en cualquier etapa de la vida.
Sin embargo, no todas las fuentes de este macronutriente aportan lo mismo. Más allá de la carne, el pescado, los huevos o los lácteos, también existen proteínas vegetales de calidad en alimentos como las legumbres. Diseñar una alimentación equilibrada pasa por combinar fuentes y ajustar cantidades a las necesidades reales de cada persona, que no son iguales para alguien sedentario que para un deportista o una persona mayor.





