La proteína se ha convertido en una de las grandes protagonistas de la cesta de la compra, es más, solo basta con recorrer cualquier supermercado para comprobarlo y encontrar yogures, panes, barritas, postres o incluso snacks que presumen de ser “altos en proteína” y prometen salud, saciedad y mejores resultados físicos casi sin esfuerzo. Para muchas personas, elegir estos productos parece una decisión lógica y hasta responsable.
El problema es que no todo lo que lleva la etiqueta de proteína juega a favor del organismo. Aunque este nutriente es esencial y cumple funciones clave en el cuerpo, no siempre más es mejor, y mucho menos cuando procede de productos ultraprocesados que esconden otros ingredientes menos deseables. Comer proteína es necesario, pero entender de dónde viene y en qué contexto se consume es lo que marca la diferencia.
2El auge de los productos “altos en proteína”
En los últimos años, los supermercados se han llenado de productos enriquecidos con proteína pensados para facilitar ese aporte extra. En determinados casos, como personas con alta demanda muscular, pueden tener sentido, pero en la población general no siempre son necesarios y, en muchos casos, desplazan alimentos más completos desde el punto de vista nutricional.
Además, estos productos suelen venir acompañados de otros ingredientes que pasan más desapercibidos, como azúcares añadidos, grasas de baja calidad o aditivos que son frecuentes en alimentos ultraprocesados y que se venden bajo un halo saludable gracias a la palabra proteína. El resultado es una dieta que aparenta cuidarse, pero que pierde equilibrio y calidad.





