La proteína se ha convertido en una de las grandes protagonistas de la cesta de la compra, es más, solo basta con recorrer cualquier supermercado para comprobarlo y encontrar yogures, panes, barritas, postres o incluso snacks que presumen de ser “altos en proteína” y prometen salud, saciedad y mejores resultados físicos casi sin esfuerzo. Para muchas personas, elegir estos productos parece una decisión lógica y hasta responsable.
El problema es que no todo lo que lleva la etiqueta de proteína juega a favor del organismo. Aunque este nutriente es esencial y cumple funciones clave en el cuerpo, no siempre más es mejor, y mucho menos cuando procede de productos ultraprocesados que esconden otros ingredientes menos deseables. Comer proteína es necesario, pero entender de dónde viene y en qué contexto se consume es lo que marca la diferencia.
3Cuando el exceso deja de ser saludable
Consumir proteína en exceso puede tener efectos poco deseables. Las dietas hiperproteicas suelen reducir la ingesta de frutas, verduras y cereales integrales, lo que implica menos fibra, vitaminas y minerales. A largo plazo, esto puede afectar al tránsito intestinal, a la microbiota y al estado general de salud, aunque el objetivo inicial fuera “comer mejor”.
También supone un mayor esfuerzo para órganos como el hígado y los riñones, especialmente en personas con problemas previos. El exceso de proteína genera más residuos que el cuerpo debe eliminar, y eso puede traducirse en dolores de cabeza, mareos, mal aliento o sensación de fatiga. La proteína es necesaria, sí, pero integrada en una alimentación variada y basada en alimentos reales, no como reclamo principal en productos que poco tienen de saludables.






