Mucho se habla de la genética y del por qué algunas personas viven mucho más que otras, incluso cuando sus hábitos no encajan con lo que recomiendan los manuales de vida saludable. Durante años se ha repetido que comer bien, moverse más y evitar excesos era la clave para sumar años, pero la ciencia empieza a matizar ese mensaje con el dato incómodo de que vivir mucho, muchísimo, no depende solo de lo que haces, sino también de lo que heredaste.
La genética explica más de la mitad de la esperanza de vida cuando hablamos de edades extremas, y eso ayuda a entender por qué existen centenarios que fumaron, bebieron o llevaron una vida sorprendentemente poco ejemplar sin que eso pareciera pasarles factura. No es que los hábitos no importen, es que no pesan igual para todos, y ahí es donde entra en juego esa lotería silenciosa que se recibe al nacer.
2Qué ocurre cuando la genética empieza a mandar
A medida que se cumplen años, el peso de la genética aumenta. Los científicos estiman que, en términos generales, los genes explican alrededor de un 25 % de la longevidad, pero ese porcentaje se invierte cuando alguien se acerca o supera los 100 años. En ese punto, la genética deja de ser un factor más y se convierte en la pieza clave.
Esto explica por qué muchas personas extremadamente longevas no destacan por tener hábitos mejores que la media. Algunas fuman, otras hacen poco ejercicio, pero aun así presentan menos enfermedades cardiovasculares, menos cáncer y menor deterioro cognitivo, y no es magia ni contradicción, es biología heredada.






