Barcelona es una ciudad que presume de gastronomía, pero también una en la que cada vez cuesta más separar lo auténtico de lo pensado únicamente para el turista de paso. Basta con caminar por ciertas zonas para encontrarse una sucesión casi hipnótica de shawarmas, pizzas y hamburguesas que poco tienen que ver con la tradición culinaria que hizo famosa a la ciudad. En medio de ese ruido, encontrar un lugar que apueste por el producto, la técnica y la personalidad propia se ha convertido casi en un acto de resistencia.
Barcelona guarda aún secretos bien protegidos, rincones donde se cocina con calma y sin alardes, y uno de ellos se esconde en la Rambla del Raval. Allí, desde hace más de una década, un pequeño restaurante se ha ganado el respeto de los grandes chefs y de quienes buscan comer bien sin artificios. Se llama Suculent y, aunque su nombre ya da pistas, lo mejor es sentarse y dejar que la experiencia hable sola.
3Por qué los chefs reservan mesa en Suculent
Barcelona está llena de premios y listas, pero en Suculent los reconocimientos parecen quedar en un segundo plano. Michelin, Repsol, The Best Chef Awards o 50 Best Discovery han llegado, sí, pero la verdadera medida del éxito es que cocineros como Albert Adrià reserven mesa cuando quieren comer bien de verdad, lejos de focos y titulares.
El espacio acompaña a esa sensación de casa vivida, con un local pequeño, con barra, pocas mesas y una sala que recuerda más al comedor de una abuela que a un restaurante de moda. El trato es cercano, el servicio sabe guiar sin imponer y las opciones son claras, con carta o dos menús degustación que recorren la temporada con platos que crecen en intensidad y memoria.






