María Guardiola, de mirlo blanco a cisne negro en el PP tras varias aciagas semanas

María Guardiola ha pasado en pocas semanas de ser presentada como el gran mirlo blanco del Partido Popular a convertirse en uno de los principales problemas estratégicos de Génova. La presidenta extremeña adelantó las elecciones autonómicas con un objetivo claro: desembarazarse de Vox, alcanzar la mayoría absoluta y consolidar un liderazgo propio, blindado frente a la ultraderecha y con proyección nacional.

El resultado fue justo el contrario. No solo no rozó la absoluta, sino que salió de las urnas con una dependencia aún mayor de Vox y con una negociación para formar gobierno que se ha enquistado hasta convertirse en un desgaste político diario.

El adelanto electoral se presentó como una jugada audaz. Guardiola aspiraba a capitalizar el buen momento del PP a nivel nacional, aprovechar el hundimiento del PSOE extremeño —histórico en términos electorales— y convertir los comicios en un plebiscito personal.

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Quería una campaña «a la extremeña», alejada del ruido madrileño y del eje ideológico nacional. Esa decisión marcó toda la estrategia posterior, desde la forma de hacer campaña hasta la noche electoral.

La presidenta optó por un perfil bajo que, con el paso de los días, se reveló arriesgado. Rechazó participar en un debate organizado por RTVE, un gesto que fue interpretado por la oposición como falta de transparencia y por parte del electorado como miedo a confrontar ideas. Hubo jornadas enteras sin actos electorales reseñables y una agenda diseñada para evitar sobresaltos más que para movilizar.

Guardiola confió en que el desgaste del PSOE y la marca PP bastarían para alcanzar su objetivo. También tomó una decisión simbólica que hoy muchos en su partido consideran un error: negar protagonismo a Alberto Núñez Feijóo e impedir que figuras como Isabel Díaz Ayuso participaran de forma visible en la campaña.

La intención era clara: evitar la ‘nacionalización’ de las elecciones y presentarse como una líder autónoma, con discurso propio y anclaje regional. El efecto fue el contrario. La campaña pasó sin épica, sin momentos de movilización y sin un relato potente que empujara al electorado indeciso hacia el PP. Los resultados, objetivamente, no fueron malos para los populares.

El PP ganó con claridad y el PSOE sufrió un desplome sin precedentes en Extremadura. Pero la aritmética parlamentaria fue implacable: Guardiola se quedó lejos de la mayoría absoluta y Vox se convirtió de nuevo en árbitro imprescindible. La presidenta había adelantado elecciones precisamente para no depender de la ultraderecha y acabó reforzando su posición.

DURA NEGOCIACIÓN

Desde entonces, la negociación para formar gobierno se ha convertido en una losa. Vox, lejos de facilitar la investidura, ha elevado el precio. Santiago Abascal ha sido explícito: quiere una vicepresidencia y consejerías de peso. La exigencia resulta especialmente incómoda para el PP si se tiene en cuenta que la propia estrategia de Vox fue abandonar los gobiernos autonómicos compartidos con los populares en julio de 2024, rompiendo coaliciones y acusando al PP de tibieza ideológica.

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María Guardiola. Foto: EP.

Ese precedente complica aún más la posición de Guardiola. Aceptar ahora las condiciones de Vox supone asumir como socio a un partido que decidió marcharse cuando no pudo imponer su agenda. Rechazarlas, en cambio, conduce al bloqueo institucional o a una repetición electoral que nadie en el PP nacional desea.

El tiempo juega en contra de la presidenta, que le ha negado a Vox la presidencia de la Cámara extremeña y ahora está incomodando a Génova 13 por su actitud. La presidenta quiso ganar sola y terminó atrapada en una negociación que no controla. El silencio, que durante la campaña fue su herramienta, se ha convertido ahora en su mayor problema.

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