La memoria se vuelve cada vez más importante y delicada en un mundo donde vivimos llenos de pantallas, recordatorios automáticos y buscadores que parecen pensar por nosotros. Durante años la hemos tratado como algo frágil, casi inevitablemente condenado al desgaste, pero cada vez hay más pruebas de que la memoria no solo se pierde, también se entrena, se cuida y se fortalece, incluso cuando el paso del tiempo o la enfermedad empiezan a hacer mella.
Esta, además, conecta ciencia y experiencia cotidiana de una forma muy directa, y no hablamos solo de grandes estudios o campeonatos de expertos, sino de personas mayores que luchan por conservar sus recuerdos, de pacientes que intentan recuperar funciones cognitivas y de cualquiera que quiera llegar a la vejez con la cabeza clara. En ese cruce entre pasado y presente reaparece una técnica milenaria que hoy vuelve a cobrar fuerza: el método de loci, también conocido como el palacio de la memoria.
1Una técnica tan antigua como eficaz
En una YMCA de Orlando, un grupo de personas mayores se reúne varias veces por semana para algo que va mucho más allá del ejercicio físico, en donde entrenan la memoria con una técnica que ya utilizaban los oradores romanos y que hoy se revela sorprendentemente actual. El método de loci consiste en transformar espacios conocidos en mapas mentales donde se colocan recuerdos, ideas o datos mediante imágenes llamativas, incluso absurdas, que se fijan mejor en el cerebro.
La memoria funciona mejor cuando se apoya en lo visual y en el espacio, algo que las culturas antiguas parecían comprender de forma intuitiva. Desde los cantos de los pueblos aborígenes australianos hasta las rutas ceremoniales de comunidades indígenas, la información se transmitía unida a lugares concretos. No era casualidad, era una forma de asegurarse de que el conocimiento no se perdiera, mucho antes de que existieran libros o pantallas.






