Magnicidio en Libia: Asesinan a Saif al-Islam Gaddafi, hijo de Muammar Gaddafi, en un asalto con comandos

- El asesinato de Saif al-Islam Gaddafi en Zintan elimina al último heredero político del antiguo régimen, provocando un terremoto en Libia que amenaza con reactivar la guerra civil y el caos por el control de los recursos petroleros.

La noticia ha sacudido los cimientos de una Libia ya fracturada: Saif al-Islam Gaddafi ha muerto tras ser tiroteado por un comando armado. El que fuera delfín del régimen y esperanza de los nostálgicos del coronel Gaddafi fue abatido en su refugio, cerrando así uno de los capítulos más complejos de la política norteafricana.

Libia vuelve a teñirse de sangre con un suceso que parece sacado de un guion de espionaje. Saif al-Islam Gaddafi, el segundo hijo del difunto dictador Muamar el Gaddafi, ha sido asesinado en Zintan durante la madrugada del pasado martes. Un comando de cuatro hombres enmascarados logró burlar la seguridad de su residencia, desactivar las cámaras de vigilancia y acabar con su vida tras un breve pero intenso tiroteo.

Aunque su figura se movía entre las sombras desde hace años, su muerte ha sido confirmada tanto por su equipo político como por la Fiscalía General libia. El hombre que prometió ríos de sangre en 2011 ha terminado encontrando la suya en un rincón del noroeste del país, dejando tras de sí un vacío político que amenaza con incendiar de nuevo las facciones que luchan por el control del petróleo y el poder.

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El fin del delfín que quiso reinar tras el caos

Saif al-Islam no era un hijo cualquiera; era el heredero intelectual y político que estudió en la London School of Economics. Su asesinato en Zintan supone la desaparición del último símbolo con capacidad de aglutinar a las tribus leales al antiguo régimen. A sus 53 años, el hombre que intentó presentarse a las elecciones presidenciales de 2021 ha sido silenciado por las balas antes de poder volver a las urnas.

La precisión del ataque sugiere una operación de inteligencia meticulosamente planificada para eliminar a un actor incómodo. Fuentes cercanas a su entorno aseguran que los atacantes conocían los puntos ciegos de la finca, lo que apunta a una posible traición interna o a la implicación de fuerzas especiales extranjeras. Sea como fuere, el «reformista» que terminó siendo buscado por La Haya ya no es una pieza en el tablero.

Versiones contradictorias y una frontera en alerta

Como siempre sucede en Libia, la verdad oficial compite con relatos paralelos que alimentan la confusión social. Mientras su abogado confirma el asalto en Zintan, la hermana de Saif ha llegado a declarar que murió cerca de la frontera con Argelia intentando huir del país. Este baile de localizaciones solo aumenta la tensión en una región donde las milicias cambian de bando según sople el viento del dinero.

La Fiscalía ha ordenado una investigación forense urgente para identificar a los perpetradores y calmar los ánimos de sus seguidores. Sin embargo, en un país donde la ley la imponen las armas, es poco probable que veamos a los culpables ante un tribunal civil. El cuerpo de Saif al-Islam se ha convertido ahora en un trofeo político que nadie sabe muy bien cómo gestionar sin provocar una nueva revuelta.

La caída definitiva del «rostro amable» de la dictadura

Muchos recordarán a Saif como aquel joven con gafas de diseño que negociaba con Blair y Sarkozy el desarme nuclear de Libia. Su muerte entierra definitivamente la posibilidad de una restauración gadafista que muchos libios, hartos de la anarquía actual, empezaban a ver con mejores ojos. Aquella imagen de refinamiento europeo se desmoronó cuando, en 2011, llamó «ratas» a los rebeldes y prometió luchar hasta la última bala.

Esa última bala parece haber llegado finalmente en el jardín de su propia casa, lejos del lujo de Trípoli. Es irónico que el hombre que negoció las indemnizaciones de Lockerbie haya terminado sus días de forma tan similar a su progenitor. La historia de Libia es un bucle de violencia del que parece imposible escapar, y la ejecución de Saif al-Islam es solo el último giro de una espiral que no deja de descender.

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El impacto en las elecciones y el futuro del petróleo

Con Saif fuera del mapa, el equilibrio de poder entre el gobierno de Trípoli y las fuerzas del este lideradas por Haftar sufre un vuelco total. Su candidatura era el gran obstáculo para la unificación del país, ya que contaba con un apoyo popular que aterraba tanto a los islamistas como a los generales del este. Ahora, sin el «factor Gaddafi», los analistas temen que las milicias se lancen a una carrera desenfrenada por el control de las terminales petroleras.

La comunidad internacional observa con cautela este vacío, sabiendo que la muerte de un mártir suele ser más peligrosa que la de un político vivo. La duda ahora es si los leales al Frente Popular tomarán las armas para vengar a su líder o si se disolverán en el complejo mosaico de tribus libias. Lo único seguro es que el apellido que gobernó Libia durante cuatro décadas ha recibido su golpe de gracia definitivo.

Un funeral blindado para evitar una nueva guerra civil

El entierro de Saif al-Islam se prevé como un evento de alto riesgo que podría actuar como detonante de nuevos enfrentamientos. Las autoridades de Zintan han reforzado la vigilancia, conscientes de que el traslado de los restos mortales podría convertirse en una manifestación de fuerza de sus seguidores. El país contiene el aliento mientras se decide dónde reposará el hombre que pudo serlo todo y acabó siendo una sombra perseguida.

La Brigada 444, una de las más poderosas de la zona, ya se ha apresurado a negar cualquier implicación en el magnicidio. Esta rapidez en desmarcarse del ataque demuestra que nadie quiere cargar con la responsabilidad pública de haber matado al hijo de Gaddafi, por miedo a las represalias de las tribus del sur. Libia amanece hoy más huérfana de referentes y más llena de incertidumbre que ayer, si es que eso era posible.

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