El calor extremo ya no es solo una incomodidad pasajera del verano ni una ola de calor más en el calendario. Cada vez hay más evidencias científicas de que vivir durante años bajo temperaturas muy altas puede dejar huella en el cuerpo, una huella silenciosa que no siempre se nota de inmediato pero que se acumula con el tiempo. No hablamos solo de sudar más o dormir peor, sino de procesos internos que podrían estar acelerando el envejecimiento biológico.
El calor extremo empieza así a ocupar un lugar inesperado en la conversación sobre salud y longevidad. Estudios recientes señalan que las personas que residen en zonas especialmente calurosas pueden presentar una edad biológica mayor que quienes viven en climas más templados, incluso cuando se tienen en cuenta factores como el nivel de ingresos, los hábitos o el estado general de salud. Una diferencia que pone sobre la mesa un problema que va más allá del confort.
1El impacto del calor extremo en el organismo
El calor extremo obliga al cuerpo a trabajar al límite para mantener su temperatura interna estable. El corazón acelera su ritmo para enviar más sangre a la piel, los riñones se esfuerzan por conservar líquidos y el sistema nervioso permanece en una especie de alerta constante. Estas reacciones son útiles en momentos puntuales, pero cuando el calor es persistente dejan de proteger y empiezan a desgastar.
Con el paso del tiempo, este sobreesfuerzo continuo puede traducirse en mareos, confusión, problemas de memoria y un mayor riesgo cardiovascular. Los especialistas lo comparan con un motor que nunca llega a enfriarse del todo, sigue funcionando, pero cada jornada suma desgaste. Por eso no resulta casual que durante las olas de calor aumenten los ingresos hospitalarios y las complicaciones en personas mayores o con enfermedades previas.





