Extremadura guarda secretos que no siempre se ven a simple vista y algunos de los más fascinantes se esconden bajo tierra, lejos de las carreteras principales y del relato más conocido de la región. En el extremo sureste extremeño, donde el paisaje empieza a mezclarse con acentos andaluces y la dehesa se vuelve más áspera, existe un lugar que demuestra hasta qué punto la naturaleza sabe reapropiarse de lo que un día fue industria y ruido.
Extremadura aparece aquí no solo como escenario, sino como contexto vital, como territorio que explica por qué un antiguo tajo minero pudo transformarse en algo tan inesperado como un bosque subterráneo. El protagonista concreto es un pequeño pueblo, Fuente del Arco, que durante décadas convivió con la mina sin imaginar que, con el paso del tiempo, ese hueco en la tierra acabaría convertido en uno de los enclaves naturales más singulares de toda la región.
1Un bosque bajo tierra que solo existe aquí
En Fuente del Arco se encuentra la Mina de La Jayona, declarada Monumento Natural en 1997, una fecha clave para entender el cambio de mirada sobre este espacio. Lo que durante años fue una explotación de hierro intensa y agotadora pasó a ser, tras su cierre en 1921, un laboratorio natural donde el tiempo y la humedad hicieron su trabajo con paciencia. Entrar en la mina es dejar atrás la Extremadura luminosa y seca para sumergirse en un mundo fresco, húmedo y silencioso.
Lo sorprendente es que aquí abajo crece vida en vertical, pues las higueras cuelgan de las paredes, los helechos tapizan la roca rojiza y los musgos crean texturas que parecen de otro continente. No es un bosque al uso, es un ecosistema invertido, alimentado por filtraciones de agua y por un microclima que nada tiene que ver con el exterior. En este rincón de Extremadura, la naturaleza decidió ocupar el vacío y convertirlo en refugio.






