Roma es una ciudad que parece inagotable, un lugar donde cada piedra cuenta una historia y donde el visitante cree haberlo visto todo hasta que descubre que aún quedan secretos por desenterrar. Cuando pensamos en Roma solemos imaginar el Coliseo, el Foro o el Vaticano, escenarios que resumen el esplendor del Imperio, pero la propia Roma esconde rincones que revelan otra cara de su pasado, una mucho más cotidiana y sorprendente, que permite entender cómo vivían realmente miles de personas lejos de los grandes templos y palacios.
Roma, en realidad, fue mucho más que monumentos majestuosos y emperadores legendarios, también fue una red de ciudades satélite que alimentaban su poder económico y social. Entre ellas destaca una urbe que durante siglos quedó en el olvido y que hoy vuelve a despertar admiración. Se trata de Ostia Antica, una ciudad que funcionó como un gran pulmón comercial y que llegó a ser comparada con el Manhattan moderno por su actividad frenética y su sorprendente urbanismo.
1El puerto que alimentaba a Roma
Ostia Antica, situada en la desembocadura del río Tíber, adquirió un papel fundamental, pues se convirtió en la principal puerta de entrada de mercancías que abastecían a Roma, desde trigo y aceite hasta productos exóticos que llegaban desde distintos rincones del Imperio. Durante los siglos II y III d. C., Ostia Antica alcanzó cerca de 75.000 habitantes, una cifra impresionante que demuestra su importancia estratégica dentro del engranaje romano.
A diferencia de la monumental Roma que conocemos, Ostia Antica mostraba el día a día del comercio imperial, con muelles repletos de barcos, almacenes llenos de productos y calles transitadas por comerciantes y navegantes. Pasear hoy por sus ruinas permite imaginar el bullicio que dominaba este enclave, donde los negocios marcaban el ritmo de la ciudad y donde Roma encontraba buena parte de los recursos que sostenían su enorme población.






