Los coches forman parte de nuestra vida diaria hasta el punto de que casi no reparamos en ellos, están ahí para llevarnos al trabajo, al colegio o de viaje sin que pensemos demasiado en todo lo que implican. Sin embargo, detrás de esa comodidad cotidiana se esconde un impacto enorme en el planeta que va mucho más allá de lo que sale por el tubo de escape y que empieza mucho antes de girar la llave.
Los coches no solo contaminan cuando circulan, también lo hacen cuando se fabrican, cuando se mantienen y cuando llegan al final de su vida útil. Entender ese recorrido completo ayuda a poner en contexto un debate que suele simplificarse demasiado y que afecta directamente al aire que respiramos, al clima y, aunque a veces no lo parezca, a nuestra propia salud.
3Aire, salud y ciudades pensadas para los coches
Los coches no solo afectan al clima, también influyen de manera directa en la calidad del aire que respiramos. Los automóviles y camiones son una de las principales fuentes de contaminación atmosférica en muchos países, emitiendo gases como monóxido de carbono y óxidos de nitrógeno que salen a nivel de la calle, justo donde caminan y respiran las personas.
A esto se suma el impacto de las infraestructuras pensadas para los coches. La construcción de carreteras, la expansión de las ciudades y la dependencia del vehículo privado transforman paisajes, fragmentan hábitats naturales y generan más emisiones. Son efectos difíciles de medir con exactitud, pero evidentes cuando se observa cómo crecen las ciudades y cómo disminuyen los espacios verdes. Reducir el impacto de los coches no pasa solo por cambiar de motor, también por replantear cómo nos movemos y cómo diseñamos los lugares en los que vivimos.






