El sprint ha pasado de ser cosa de atletas profesionales a convertirse en uno de los entrenamientos más comentados en redes, vídeos virales que prometen grandes resultados en muy poco tiempo y que despiertan tanta curiosidad como dudas. La idea de que un minuto de esfuerzo intenso pueda mejorar la salud suena casi demasiado bien para ser verdad, pero detrás del ruido hay estudios, expertos y datos que ayudan a entender por qué este tipo de ejercicio está ganando tanto protagonismo.
El sprint no es magia ni una solución rápida para todo, pero sí una herramienta potente cuando se entiende bien y se usa con cabeza. No hace falta hacerlo todos los días ni correr como si te persiguiera alguien, basta con saber qué aporta, a quién le conviene y cómo introducirlo sin riesgos en una rutina normal, algo especialmente interesante para quienes tienen poco tiempo y quieren sacarle más partido a su entrenamiento.
3Cómo hacer sprint sin lesionarte y sin falsas promesas
Aunque el sprint sea simple en apariencia, no es algo para improvisar. Pasar del sofá a correr a máxima velocidad es una mala idea, lo ideal es tener una base previa de caminata o trote y empezar poco a poco, con dos sesiones a la semana y sprints al 70 u 80 por ciento del esfuerzo máximo para que el cuerpo se adapte sin sobresaltos.
Calentar bien, elegir una superficie adecuada y respetar los descansos es tan importante como la propia carrera. El sprint no sustituye al entrenamiento de fuerza ni garantiza una pérdida de grasa espectacular por sí solo, pero sí puede acelerar el metabolismo y ayudar a mantener la masa muscular cuando se combina con una rutina equilibrada. Al final, el sprint funciona mejor cuando se entiende como una pieza más del puzzle, intensa, breve y efectiva, pero no como la única respuesta para estar en forma.





