Pedro Sánchez vive un momento paradójico: mientras en España su popularidad sufre el desgaste de la corrupción y las encuestas apuntan a la baja, en el exterior su figura ha ganado visibilidad y reconocimiento por sus políticas progresistas y su confrontación con los grandes actores tecnológicos.
La polémica con Elon Musk, propietario de X, y Pavel Durov, cofundador de Telegram, por la futura prohibición de las redes sociales para menores de 16 años, ha situado al presidente del Gobierno en el centro del debate global sobre regulación tecnológica y democracia tras su anuncio de prohibir que los menores de 16 años utilicen las redes sociales.
Durante la clausura del Congreso Nacional de Industria, Sánchez subrayó que «no nos van a quebrar porque la voz de la democracia no será doblegada por los tecnoligarcas del algoritmo». En un tono firme y combativo, recordó que «la fuerza del Estado está para proteger» a la democracia y a los ciudadanos frente a los riesgos de un universo digital que, en su opinión, se ha vuelto «tóxico e impune».
Las palabras del presidente contrastan con la ofensiva mediática de Musk y Durov: mientras uno lo llamó «fascista», el otro advirtió que las regulaciones españolas amenazan las «libertades en internet».
En el plano doméstico, Sánchez no atraviesa su mejor momento. El caso Koldo y otras investigaciones sobre presuntas irregularidades en su partido han copado los titulares, reforzando la percepción de un Ejecutivo bajo presión.
Las encuestas reflejan un desgaste sostenido, con un electorado cada vez más crítico ante la gestión política y económica. A ello se suman debates internos sobre la efectividad de algunas políticas y la capacidad del Gobierno para mantener la cohesión frente a la oposición y la propia ciudadanía.
Pese a este contexto, la ofensiva contra los magnates tecnológicos le ha permitido reforzar una narrativa internacional que proyecta a Sánchez como un líder dispuesto a cuestionar poderes globales en defensa de la democracia y los derechos ciudadanos.
La cita modificada que utilizó del Quijote, «Deja que los tecnoligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos», resume esa voluntad de mantener el rumbo pese a los ataques. Eso sí, el mensaje lo lanzó… a través de X.
ESTRATEGIA GLOBAL
El episodio con Musk y Durov encaja en un perfil más amplio de Sánchez en el ámbito internacional. Su posicionamiento frente al genocidio de Israel en Palestina, su apuesta por políticas progresistas de acogida migratoria y sociales, así como su confrontación dialéctica con figuras tan antipáticas a nivel europeo como Donald Trump, proyectan a España como un actor relevante en debates globales de derechos y democracia.

Aunque en algunos casos la confrontación es más retórica que material, como evidencia el aumento en la compra de gas a Estados Unidos tras rechazar un aumento del gasto militar al 5% de PIB, la imagen que transmite es la de un país con un Ejecutivo dispuesto a marcar diferencias dentro de la OTAN.
En política energética, España se ha convertido en uno de los pocos grandes países aliados que no ha incrementado significativamente su gasto militar, pero que mantiene un compromiso firme en abastecimiento y cooperación internacional.
Este equilibrio entre retórica progresista y decisiones pragmáticas refuerza la percepción de un liderazgo capaz de maniobrar en escenarios complejos.
TECNOLOGÍA Y DEMOCRACIA
El discurso de Sánchez contra los tecnoligarcas no es solo simbólico. El presidente del Gobierno ha optado por visibilizar la cuestión y reforzar su narrativa internacional de defensa de la democracia y protección de menores, convirtiéndose en referente en un debate que trasciende fronteras.
La postura de España ante los tecnoligarcas y la defensa de políticas sociales ha generado un oxígeno inesperado en el plano internacional. Líderes progresistas europeos y organismos multilaterales han mostrado interés por iniciativas de regulación digital que prioricen derechos y seguridad, situando al país como ejemplo en un tema que combina tecnología, democracia y ciudadanía.
Además, el perfil de Sánchez como interlocutor crítico frente a figuras ultraderechistas como Donald Trump, Benjamín Netanyahu o Javier Milei, le dan algo de aire en un contexto muy complicado.





