Los refrescos light se han convertido en un gesto casi automático para millones de personas que quieren cuidarse un poco más sin renunciar al sabor dulce ni a las burbujas. Están en las comidas, en la oficina, en la nevera “por si acaso” y durante años han cargado con la etiqueta de alternativa inteligente frente a los refrescos azucarados, una especie de pequeño truco cotidiano para engañar a las calorías.
Estos refrescos, sin embargo, llevan tiempo despertando dudas entre científicos y nutricionistas. No porque engorden de forma directa o inmediata, sino porque podrían estar influyendo en la manera en que el cerebro interpreta el hambre, la saciedad y el deseo de comer. Y así, lo que parecía una solución sencilla se está volviendo, poco a poco, una historia bastante más compleja.
2La desconexión entre dulzor y saciedad
Una de las hipótesis más repetidas es la llamada “desconexión” entre lo que el cerebro espera y lo que realmente recibe. El dulzor intenso le dice al cerebro que vienen calorías, pero cuando no llegan, la sensación de saciedad no se activa como debería y el cuerpo sigue buscando alimento para compensar esa ausencia.
En la práctica, esto podría traducirse en más ganas de comer después de tomar los refrescos light, especialmente alimentos dulces o ricos en energía. Algunos estudios en humanos y animales apuntan en esa dirección, mostrando que los edulcorantes no activan hormonas clave como la insulina o el GLP-1, que ayudan a decirle al cuerpo que ya es suficiente.






