Los refrescos light se han convertido en un gesto casi automático para millones de personas que quieren cuidarse un poco más sin renunciar al sabor dulce ni a las burbujas. Están en las comidas, en la oficina, en la nevera “por si acaso” y durante años han cargado con la etiqueta de alternativa inteligente frente a los refrescos azucarados, una especie de pequeño truco cotidiano para engañar a las calorías.
Estos refrescos, sin embargo, llevan tiempo despertando dudas entre científicos y nutricionistas. No porque engorden de forma directa o inmediata, sino porque podrían estar influyendo en la manera en que el cerebro interpreta el hambre, la saciedad y el deseo de comer. Y así, lo que parecía una solución sencilla se está volviendo, poco a poco, una historia bastante más compleja.
3Metabolismo, peso y la gran pregunta sin resolver
Más allá del apetito, los refrescos light también se han relacionado con cambios en el metabolismo. Algunas investigaciones sugieren que, combinados con carbohidratos, ciertos edulcorantes pueden alterar la forma en que el cuerpo procesa la glucosa, reduciendo la sensibilidad a la insulina, un factor clave en enfermedades como la diabetes tipo 2.
Aun así, la gran pregunta sigue abierta. ¿Son los refrescos light los que contribuyen al aumento de peso o son las personas preocupadas por su peso las que los consumen más? Los resultados son contradictorios y la ciencia pide cautela. De hecho, organismos como la OMS ya recomiendan no usarlos como herramienta principal para controlar el peso, no porque sean veneno, sino porque no parecen tan inocuos como se pensaba.






