La salud mental no siempre se cuida con grandes decisiones ni con terapias sofisticadas, sino que muchas veces empieza en algo tan cotidiano como sentarse a la mesa con otras personas. En un momento en el que la soledad se ha convertido en una palabra habitual en estudios y titulares, recuperar el hábito de comer acompañado puede ser más transformador de lo que parece.
La salud mental también se construye en los pequeños rituales diarios, y compartir una comida es uno de los más antiguos que existen. Sin embargo, en muchas sociedades modernas ese gesto casi sagrado ha ido desapareciendo, sustituido por cenas frente a pantallas, horarios imposibles y platos rápidos que se comen de pie. Lo que antes era un espacio de encuentro hoy compite con notificaciones y agendas saturadas.
2Lo que ocurre en el cerebro cuando compartimos la mesa
La salud mental tiene una base biológica, y comer acompañado activa mecanismos muy concretos. Estudios en neurociencia muestran que las comidas sociales estimulan el sistema de endorfinas del cerebro, además de activar vías relacionadas con la oxitocina y la dopamina, sustancias vinculadas al vínculo, la confianza y el placer. En otras palabras, compartir la mesa no solo es agradable, es químicamente reconfortante.
Investigaciones en adultos mayores y adolescentes apuntan en la misma dirección. Quienes comen regularmente con otras personas presentan menos síntomas de estrés, ansiedad y depresión. La salud mental mejora cuando hay espacios seguros de conversación, cuando la rutina incluye momentos de conexión real. La mesa se convierte así en una especie de refugio cotidiano frente a la presión externa.





