La personalidad nos obsesiona desde hace décadas, quizá porque en el fondo todos queremos una respuesta sencilla a una pregunta enorme: quién soy realmente. ¿Introvertido, extrovertido, algo intermedio? Muchos hemos sentido esa incomodidad de no encajar del todo en ninguna etiqueta, de reconocernos en el silencio y la introspección, pero también en la energía de una conversación animada o en la iniciativa en el trabajo.
La personalidad, dicen los expertos, no funciona como una casilla que se marca y queda fija para siempre. Más bien se parece a un continuo, una especie de línea en la que la mayoría nos movemos en zonas intermedias. Esa idea desmonta parte del encanto de las categorías cerradas, pero también abre una puerta más realista y, en cierto modo, más liberadora sobre cómo somos y cómo cambiamos.
1La personalidad no es blanco o negro
Durante años nos han enseñado a pensar la personalidad en términos opuestos, es decir, introversión frente a extroversión, como si fueran dos bandos irreconciliables. Sin embargo, la investigación en psicología de la personalidad muestra que la variación humana no sigue esa lógica excluyente. La mayoría de las personas no vive en los extremos, sino en puntos intermedios que cambian según el contexto, la edad y la experiencia.
De ahí surgen términos como ambivertido, que describe a quienes combinan rasgos de ambos polos. El concepto tiene cierto respaldo en la literatura psicológica porque refleja esa posición central en el continuo. En cambio, la etiqueta omnivertido, muy popular en redes, es vista con más escepticismo por parte de varios investigadores, que recuerdan que todos podemos comportarnos de forma distinta según la situación sin que eso implique saltar constantemente de un extremo al otro.






