La personalidad nos obsesiona desde hace décadas, quizá porque en el fondo todos queremos una respuesta sencilla a una pregunta enorme: quién soy realmente. ¿Introvertido, extrovertido, algo intermedio? Muchos hemos sentido esa incomodidad de no encajar del todo en ninguna etiqueta, de reconocernos en el silencio y la introspección, pero también en la energía de una conversación animada o en la iniciativa en el trabajo.
La personalidad, dicen los expertos, no funciona como una casilla que se marca y queda fija para siempre. Más bien se parece a un continuo, una especie de línea en la que la mayoría nos movemos en zonas intermedias. Esa idea desmonta parte del encanto de las categorías cerradas, pero también abre una puerta más realista y, en cierto modo, más liberadora sobre cómo somos y cómo cambiamos.
3Lo que realmente dicen los estudios
Uno de los hallazgos más interesantes es que la extroversión no se reduce a ser sociable. En el fondo está vinculada a la búsqueda de recompensa, a esa motivación por obtener estímulos, reconocimiento o interacción social que activa circuitos de dopamina en el cerebro. Los introvertidos, en cambio, no experimentan ese mismo impulso de recompensa en contextos sociales intensos, lo que no significa que sean menos hábiles o menos competentes.
De hecho, investigaciones recientes cuestionan la idea de que los líderes ideales deban ser necesariamente extrovertidos. Rasgos como la responsabilidad, la capacidad de estimular intelectualmente a otros o la proactividad pueden pesar más que la mera sociabilidad. Incluso estudios en ventas han encontrado que los ambivertidos, situados en el punto medio de la personalidad, tienden a rendir mejor porque saben alternar entre hablar y escuchar con mayor flexibilidad.






