Podemos ha decidido cerrar filas y asumir el riesgo. Tras meses de especulaciones sobre posibles alianzas en el espacio de la izquierda alternativa, la dirección morada ha optado por concurrir en solitario a las próximas citas electorales, desoyendo tanto las propuestas de convergencia lanzadas desde Gabriel Rufián como los intentos de aproximación de Izquierda Unida.
La apuesta es clara: reconstruir marca propia, incluso a costa de asumir un escenario incierto. La decisión no es improvisada. En la cúpula del partido consideran que las sucesivas fórmulas de coalición han terminado diluyendo su perfil político y debilitando su identidad ante el electorado. La experiencia reciente en el espacio compartido con Sumar ha reforzado la idea de que las confluencias solo deben darse con espacios amigos.
Esta vez, sostienen, prefieren competir con sus propias siglas y su propio discurso. El movimiento supone también un portazo al debate sobre un frente amplio de izquierdas que algunos dirigentes han planteado como respuesta a la fragmentación.
Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso, había sugerido la necesidad de articular una suerte de bloque progresista confederal. En Podemos interpretan esos mensajes como «cantos de sirena» que no ofrecen certidumbres.
La estrategia de competir en solitario parte de un diagnóstico compartido en la dirección: el desgaste no se debe únicamente a la fragmentación, sino a la pérdida de identidad. Podemos quiere volver a situarse como fuerza nítidamente reconocible dentro del tablero político estatal, con un discurso más confrontativo y menos condicionado por acuerdos de equilibrio interno.
En ese esquema, la figura de Irene Montero emerge como principal activo electoral. La eurodiputada y exministra se ha consolidado como referencia interna y como rostro reconocible ante una parte del electorado progresista. En el partido consideran que su perfil combativo y su alto grado de notoriedad pueden funcionar como elemento de cohesión y movilización.
La secretaria general, Ione Belarra, comparte ese planteamiento. La dirección entiende que 2027 no es solo una cita electoral más, sino una prueba de supervivencia. Llegar a las generales con grupo parlamentario propio es el objetivo mínimo; hacerlo tras haber recuperado presencia territorial sería el escenario ideal.
CÁLCULOS
Uno de los factores que pesa en la decisión es la evolución desigual del partido en las comunidades autónomas. Tras perder representación en varios parlamentos regionales, Podemos se enfrenta a un calendario complicado. Concurrir integrado en otras marcas podría garantizar algún escaño puntual, pero también consolidar la percepción de irrelevancia como actor autónomo. El razonamiento interno es que la visibilidad política no se negocia.

En elecciones autonómicas y municipales, donde la implantación territorial es determinante, el partido aspira a reconstruir cuadros propios y reforzar estructuras locales. Aunque el riesgo de resultados discretos es alto, la dirección cree que una estrategia de largo plazo pasa por reconstruir músculo orgánico antes que por maximizar acuerdos coyunturales.
En Podemos sostienen que solo una fuerza que demuestre respaldo propio puede sentarse a una mesa en condiciones de igualdad. La relación con Izquierda Unida ha atravesado distintas fases a lo largo de la última década. Aunque ambas formaciones compartieron coaliciones electorales y presencia en el Gobierno, hoy las estrategias divergen. IU mantiene su apuesta por alianzas amplias dentro del espacio de Sumar, mientras que Podemos se inclina por una redefinición más autónoma.
Más allá de la ingeniería electoral, la clave de la apuesta en solitario está en el relato. Podemos quiere recuperar un discurso que subraye la confrontación política como motor de cambio. La formación reivindica su papel en hitos como la entrada de la izquierda alternativa en el Gobierno central y busca diferenciarse tanto del PSOE como de otras fuerzas del espacio.
En el partido asumen que la decisión implica riesgos evidentes. Competir en solitario puede traducirse en resultados modestos y en una fragmentación mayor del voto progresista. Sin embargo, también creen que integrarse sin garantías en proyectos más amplios supondría una dilución definitiva.





