La respiración es lo primero que hacemos al nacer y lo último que dejamos al irnos, pero entre un momento y otro casi nunca le prestamos atención. Respiramos unas 20.000 veces al día sin preguntarnos si lo estamos haciendo bien, como si inhalar y exhalar fuera un simple trámite automático cuando en realidad puede convertirse en una herramienta poderosa para cambiar cómo nos sentimos por dentro.
La respiración consciente no es una moda pasajera ni un consejo vacío que alguien suelta cuando te ve nervioso. La ciencia lleva años observando cómo algo tan básico puede influir en el corazón, en el cerebro, en el estado de ánimo y hasta en la forma en que dormimos. “Es una de las herramientas más sencillas y profundamente eficaces que tenemos para calmar el sistema nervioso”, explica Guy Fincham, investigador del laboratorio de respiración de la Facultad de Medicina de Brighton y Sussex, y aun así suele subestimarse precisamente porque está siempre ahí, gratis y al alcance de todos.
1La respiración y el corazón tienen un vínculo directo
La respiración influye de manera directa en el sistema cardiovascular, aunque no lo notemos. Cuando practicamos respiración diafragmática activamos el nervio vago, una especie de autopista de comunicación entre el cerebro y varios órganos vitales. Al estimularlo, el cuerpo recibe señales de calma que ayudan a regular la frecuencia cardiaca, bajar la presión arterial y mejorar la circulación.
No es magia, es fisiología, pues al respirar más lento y con menos volumen de aire, los niveles de dióxido de carbono aumentan ligeramente en la sangre, algo que lejos de ser negativo actúa como un vasodilatador natural. Eso significa que los vasos sanguíneos se abren un poco más y permiten que llegue más sangre rica en oxígeno al cerebro y al corazón, favoreciendo un funcionamiento más eficiente y estable.






