El Parkinson sigue siendo uno de los grandes misterios de la medicina moderna, pues aún más de dos siglos después de que el médico británico James Parkinson describiera aquella “parálisis temblorosa” que observó en varios pacientes, la enfermedad continúa desafiando a científicos y neurólogos de todo el mundo. Lo que entonces era una observación clínica casi solitaria es hoy una prioridad global, pero el desconcierto persiste ya que no sabemos exactamente qué lo causa, no sabemos con precisión por qué progresa y todavía no sabemos cómo detenerlo.
Y sin embargo, algo está cambiando, pues en consultas, laboratorios y congresos se empieza a hablar del Parkinson con un matiz distinto, menos resignado. Ahora, los especialistas apuntan a avances que hace apenas una década parecían lejanos. No hay una cura, es cierto, pero la sensación es que la investigación está entrando en una etapa especialmente fértil, una especie de punto de inflexión tras años de avances lentos.
2Causas difusas y una incidencia en aumento
A día de hoy, el origen del Parkinson sigue sin estar claro. Se han identificado mutaciones genéticas asociadas a la enfermedad y se sabe que la pérdida de neuronas desempeña un papel central, pero en la mayoría de los casos no existe una causa hereditaria evidente. Tener un familiar afectado puede aumentar el riesgo, aunque eso no significa que la enfermedad vaya a desarrollarse necesariamente.
La Organización Mundial de la Salud calcula que alrededor de 8,5 millones de personas viven con Parkinson en todo el mundo, y la tendencia es ascendente, en gran parte debido al envejecimiento de la población, una cifra que no deja indiferente a nadie. A medida que aumentan los diagnósticos, también se hacen más visibles las desigualdades en el acceso a especialistas y tratamientos, un desafío añadido para quienes conviven con la enfermedad.





