Kazajistán se compromete a ser socio de confianza con EEUU

El mundo está entrando en una era donde la estabilidad se ha convertido en uno de los recursos estratégicos más escasos. Los conflictos se multiplican, la rivalidad geopolítica se agudiza y las instituciones internacionales se ven cada vez más presionadas por el estancamiento, la polarización y la pérdida de confianza pública.

Durante décadas, la política global estuvo marcada por una versión del globalismo que no presentaba defectos intrínsecos. Su ambición declarada -construir un orden internacional interconectado e inclusivo- era, al menos en teoría, racional y constructiva.

Sin embargo, con el tiempo, ese concepto se distorsionó. Evolucionó hacia un modelo basado en supuestos ideológicos excesivos: inclusión sin responsabilidad, libertades sin límites y superioridad moral que desestimaba las opiniones de las sociedades soberanas, los legisladores pragmáticos y quienes se guiaban por el sentido común.

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Como resultado, el globalismo perdió gradualmente legitimidad a los ojos de cientos de millones de personas en todo el mundo.

Esta pérdida de confianza no fue accidental. Se vio reforzada por las revelaciones de corrupción a una escala impresionante, arraigada en instituciones públicas, estructuras internacionales y sistemas políticos de los principales Estados. La participación de figuras políticas reconocidas en tales tramas no hizo más que profundizar la percepción, ya de por sí crítica, de los gobiernos asociados con agendas ideológicas de izquierda.

El actual entorno internacional refleja una creciente demanda de pragmatismo y realismo. Este cambio fue claramente visible en Múnich, donde algunas de las ideas más convincentes expresadas por altos líderes occidentales enfatizaron una simple verdad: los intereses nacionales no pueden ignorarse, la soberanía no puede considerarse un inconveniente y la estabilidad no puede construirse sobre dogmas ideológicos.

El mundo no se está alejando de la cooperación. Se está alejando de la ilusión. La nueva doctrina emergente es sencilla: el orden debe basarse en el estado de derecho, la responsabilidad, los compromisos predecibles y el respeto por la identidad cultural y nacional. Esto no es aislacionismo. Es madurez política.

En ningún ámbito es más evidente el fracaso del viejo modelo que en la resolución de conflictos. Durante demasiado tiempo, la comunidad internacional se basó en un ciclo interminable de negociaciones, declaraciones y conferencias que apenas produjeron resultados simbólicos. El resultado es familiar: acuerdos sin resultados, diplomacia sin resultados y procesos de paz sin paz.

Por ello, la creación de la Junta de Paz, bajo la iniciativa del presidente de Estados Unido, Donald Trump, y con el debido respaldo de las Naciones Unidas, representa un avance significativo. No se trata simplemente de un foro más diseñado para convocar debates interminables. Es una iniciativa práctica destinada a obtener resultados, especialmente en Gaza y Oriente Medio.

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Lo que distingue fundamentalmente a esta iniciativa es su lógica. La Casa Blanca ha propuesto un enfoque verdaderamente innovador: en lugar de repetir fórmulas políticas agotadas, ha impulsado un marco claro y directo: la paz mediante el desarrollo económico sostenible. En otras palabras, la paz no se considera un eslogan, sino un proyecto: infraestructura, inversión, empleo y un futuro que convierte en irracional la reanudación del conflicto. Por su novedad y ambición, la iniciativa merece respeto y atención internacional.

En Kazajstán, la actitud positiva hacia los principios políticos asociados a la estrategia del presidente Trump se expresa ampliamente en diferentes niveles de debate público y de expertos: sentido común, protección de los valores tradicionales, defensa de los intereses nacionales y la intención de poner fin a las guerras en lugar de prolongarlas.

Estos principios resuenan porque reflejan lo que la mayoría de las sociedades demandan instintivamente: seguridad, estabilidad y dignidad. El apoyo de Kazajistán a esta dirección no es retórico. Es práctico. Por eso Kazajistán decidió unirse a la Junta de Paz y apoyarla con acciones concretas.

Esta es una continuación lógica de la decisión de Kazajistán de adherirse a los Acuerdos de Abraham. No se trata de un mero gesto diplomático. Es una decisión estratégica. Kazajistán siempre ha mantenido un enfoque equilibrado y constructivo. El país mantiene sólidas relaciones con Israel, al tiempo que apoya constantemente al pueblo palestino y aboga por una solución de dos Estados como única base sostenible para la paz. La decisión también se basa en el interés nacional, con miras a fortalecer la cooperación económica, atraer inversiones y transferir tecnologías avanzadas. En términos más generales, el país espera contribuir a ampliar el diálogo entre los estados musulmanes y el judío.