El exceso de azúcar en la infancia deja huella durante décadas, según la ciencia

El azúcar aparece en la infancia mucho más de lo que parece y no solo en los dulces evidentes sino en muchos otros alimentos, pero cada vez más estudios sugieren que ese exceso temprano no se queda en la niñez sino que puede influir en la salud, en el metabolismo e incluso en los hábitos alimentarios durante décadas.

El azúcar está mucho más presente en la infancia de lo que solemos imaginar, y no solo en los dulces que se ven a simple vista, sino que aparece en cereales, yogures, bebidas, galletas, salsas e incluso en alimentos que parecen saludables. Durante años se ha hablado de caries o de exceso de peso, pero cada vez hay más investigaciones que apuntan a que el azúcar que se consume en los primeros años de vida puede dejar huellas que se notan décadas después.

El azúcar, cuando forma parte habitual de la dieta infantil, parece influir en cómo se desarrolla el cuerpo y también en las preferencias alimentarias del futuro. Los científicos llevan tiempo observando que quienes crecen rodeados de sabores muy dulces tienden a buscarlos durante toda su vida, y que solo tiene que ver con una cuestión de gusto, sino también con cómo el organismo aprende a responder a esos estímulos desde pequeño.

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Un consumo mucho más alto de lo recomendado

“Consumo más alto del recomendado”. Fuente: Freepik

Hoy el azúcar forma parte del día a día de muchos niños en cantidades bastante superiores a lo aconsejado por los expertos. En algunos países, los menores llegan a consumir alrededor de 17 cucharaditas de azúcar añadido al día, lo que está muy por encima de lo que recomiendan las guías nutricionales, que sugieren mantenerlo por debajo del 10% de las calorías diarias, e incluso idealmente por debajo del 5%.

El problema es que este también aparece en refrescos, bebidas aparentemente naturales, cereales de desayuno, snacks salados o alimentos ultraprocesados; una presencia constante que hace que reducirlo sea complicado para muchas familias. Además, el sabor dulce está tan normalizado en la infancia que a veces se convierte en la recompensa habitual cuando un niño se cae, se enfada o necesita consuelo.