José Luis Moreno Aznar no se anda con rodeos porque la salud de toda una generación está en juego. Como pediatra y experto en nutrición, observa con una mezcla de rigor y preocupación cómo hemos bajado la guardia ante una epidemia silenciosa: el exceso de peso en las etapas más tempranas de la vida.
La idea de que un niño con unos kilos de más es sinónimo de vitalidad es una herencia cultural peligrosa que debemos desterrar. Hoy, la ciencia nos dice lo contrario: ese exceso de tejido adiposo es el caldo de cultivo para patologías que antes solo veíamos en pacientes de cincuenta años.
Estamos normalizando lo que debería ser una excepción, y el precio que pagarán estos menores es una calidad de vida mermada mucho antes de alcanzar la madurez plena.
El fin del mito del niño «hermoso»
El concepto de que un niño esté «hermoso» cuando presenta un exceso de grasa abdominal ha hecho mucho daño. Según explica el experto, esa barriga que a menudo se ignora o se ríe en las reuniones familiares es, en realidad, un marcador de riesgo metabólico directo. No es una cuestión de estética, es una cuestión de inflamación y de resistencia a la insulina en cuerpos que apenas están empezando a desarrollarse.
Cuando el doctor José Luis Moreno Aznar señala que algo estamos haciendo mal, se refiere a una desconexión total con los ritmos biológicos y las necesidades nutricionales reales. Hemos sustituido el juego activo por pantallas y la comida real por ultraprocesados diseñados para ser adictivos.
Las consecuencias de ignorar el sobrepeso infantil
La realidad clínica es terca: un niño que padece obesidad tiene altísimas probabilidades de ser un adulto con problemas crónicos. La barriga no desaparece por arte de magia al «dar el estirón» si los hábitos que la crearon permanecen intactos. Las consecuencias que menciona el especialista son una hoja de ruta hacia la fragilidad:
- Aparición prematura de diabetes tipo 2 antes de los 30 años.
- Cifras de hipertensión arterial en adolescentes que antes eran impensables.
- Problemas de autoestima y trastornos de la conducta alimentaria derivados del estigma.
- Desgaste articular precoz debido al exceso de carga mecánica en huesos en crecimiento.
- Hígado graso no alcohólico detectado en revisiones pediátricas rutinarias.
- Aumento del riesgo cardiovascular a largo plazo con placas de ateroma incipientes.
Por qué hemos normalizado la enfermedad
El entorno obesogénico en el que vivimos ha hecho que ver a un niño con sobrepeso sea lo común, y por extensión, lo «normal». Sin embargo, la normalidad estadística no es salud. Debemos ser críticos con lo que ponemos en el carro de la compra y con el tiempo que permitimos que nuestros hijos permanezcan sedentarios.
Es fundamental que la sociedad comprenda que la prevención no empieza en la consulta del médico, sino en la cocina de casa. Estos son algunos cambios urgentes que el sentido común y la pediatría moderna nos exigen:
- Eliminar el azúcar añadido de los desayunos y meriendas diarias.
- Fomentar el consumo de agua como única bebida de hidratación habitual.
- Priorizar las frutas y verduras de temporada sobre los zumos industriales.
- Recuperar el espacio público para que los niños jueguen y corran a diario.
- Establecer horarios de sueño regulares, ya que la falta de descanso engorda.
- Predicar con el ejemplo: los padres son el espejo nutricional de sus hijos.
El escenario futuro: una urgencia de salud pública
Si no atendemos las advertencias de profesionales como José Luis Moreno Aznar, el sistema sanitario se enfrentará a un colapso por enfermedades crónicas en población joven. El mercado de la alimentación está girando lentamente hacia opciones más saludables, pero la presión del marketing sobre los menores sigue siendo feroz. Mi previsión es que veremos regulaciones mucho más estrictas en la publicidad de alimentos infantiles en los próximos años, similares a las del tabaco.
Mi opinión honesta es que nos da miedo ser «padres estrictos» en un mundo que ofrece gratificación instantánea a través del azúcar. Pero la mayor muestra de amor no es darles el capricho procesado que piden, sino proteger su salud a largo plazo. No esperes a que el pediatra te dé el aviso en la revisión de los diez años; el cambio empieza hoy.
El consejo final es sencillo de decir pero requiere valentía para aplicar: mírale a la cara a la realidad y no permitas que la comodidad gane la batalla a la salud de tu hijo. Un niño sano es un niño que se mueve, que come comida de verdad y que no arrastra el lastre de una obesidad que le pasará factura antes de lo que te imaginas.


