Este rincón de Cantabria es un paraíso gastronómico y casi nadie habla de él

Hay pueblos que se recuerdan por lo que se ve y otros que se quedan grabados por lo que se come, y en Cantabria existen rincones donde la mesa acaba pesando tanto como el paisaje.

Cantabria es uno de esos lugares donde comer bien no es una excepción, sino casi una norma no escrita. Entre el verde intenso de sus prados, la cercanía constante del mar y pueblos que parecen detenidos en el tiempo, la región ha construido una identidad gastronómica muy reconocible, basada en el respeto al producto, a las recetas heredadas y al saber hacer de generaciones enteras. Aquí la mesa no es un complemento del viaje, es muchas veces el motivo principal para coger el coche y volver una y otra vez.

Cantabria guarda además pequeños pueblos que, sin hacer demasiado ruido, se han convertido en auténticos referentes para quienes disfrutan comiendo sin prisas. Lugares donde conviven la cocina tradicional de cuchara, las parrillas honestas y propuestas de alta cocina que han puesto el nombre de la comunidad en el mapa gastronómico mundial. Uno de esos sitios está en el interior, lejos del bullicio costero, y demuestra que no hace falta ser grande para dejar huella.

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Mucho más que alta cocina, un destino al que siempre apetece volver

“Alta cocina en Cantabria”. Fuente: Turismo Cantabria

Cantabria no se resume solo en grandes restaurantes, y Villaverde de Pontones lo demuestra. Quien llega atraído por el Cenador de Amós descubre también un entorno perfecto para alargar la visita, alojarse cerca y explorar otros pueblos del entorno donde siguen vivas las tabernas tradicionales y los sabores de siempre. La experiencia no termina al levantarse de la mesa, continúa en cada paseo y en cada conversación tranquila.

Por eso, este pueblo se ha convertido en uno de esos lugares a los que siempre se vuelve con ganas de repetir. Cantabria tiene muchos rincones donde se come bien, pero pocos logran unir paisaje, calma y excelencia gastronómica de una forma tan natural. Villaverde de Pontones no presume, no grita, simplemente invita a sentarse, disfrutar y entender por qué, una vez que se conoce, siempre apetece regresar.

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