El gluten ha pasado de ser un ingrediente invisible en el pan de cada día a convertirse en el gran sospechoso de la alimentación moderna. En la última década, su nombre ha saltado de las consultas médicas a los supermercados, de las redes sociales a las conversaciones entre amigos que juran sentirse “más ligeros” desde que lo dejaron. El mercado sin este componente no deja de crecer y da la sensación de que, si uno quiere cuidarse, lo lógico es empezar por ahí.
Pero este en realidad no es un villano universal, pues mientras algunas personas deben eliminarlo por razones médicas claras, otras muchas lo han desterrado de su plato sin un diagnóstico que lo justifique. La pregunta es inevitable: ¿qué ocurre realmente en el cuerpo cuando lo dejamos? ¿Hay beneficios para todos o estamos ante una moda con más marketing que ciencia?
3¿Es más saludable una dieta sin gluten?
Aquí es donde conviene bajar el entusiasmo, ya que muchos productos sin gluten industriales contienen más grasas, azúcares o sal que sus versiones tradicionales, y con frecuencia menos fibra y menos proteínas. Además, al no estar enriquecidos como muchas harinas de trigo, pueden aportar menos hierro y folato, lo que a largo plazo puede favorecer ciertas carencias nutricionales.
Tampoco es una fórmula mágica para adelgazar, pues algunos sustitutos sin gluten son más calóricos y, si no se planifica bien la alimentación, se puede incluso ganar peso. Por eso los especialistas insisten en que, si alguien necesita o decide seguir una dieta sin gluten, lo ideal es basarla en alimentos frescos y naturales y no en productos procesados etiquetados como “gluten free”. Y, sobre todo, consultar antes con un profesional sanitario, ya que eliminar el gluten sin pruebas médicas puede dificultar un diagnóstico posterior y llevarnos a restringir algo que quizá nunca fue el problema.

