La deshidratación suele pasar desapercibida en el día a día, pero tiene más impacto en nuestra salud de lo que imaginamos, especialmente cuando hablamos del corazón y de la presión arterial. Esta no solo aparece en verano o cuando hacemos ejercicio intenso, también se cuela en rutinas normales, en jornadas largas de trabajo, en personas que olvidan beber agua o que simplemente no sienten sed con facilidad.
La deshidratación, además, no se limita a provocar cansancio o sequedad en la piel, pues los cardiólogos llevan tiempo advirtiendo de que la falta de agua puede alterar el equilibrio interno del organismo y afectar directamente a la presión arterial, con efectos que a veces resultan contradictorios y difíciles de identificar si no se conocen bien.
1El efecto directo de la deshidratación en la presión arterial
La deshidratación provoca que el volumen de sangre en el cuerpo disminuya, y eso tiene una consecuencia inmediata sobre la presión arterial. Según explica el cardiólogo Ian Del Conde Pozzi, cuando una persona se deshidrata puede producirse inicialmente una bajada de la presión, algo que se traduce en mareos, debilidad o sensación de inestabilidad.
Sin embargo, el cuerpo intenta compensar esa falta de líquido activando distintos mecanismos hormonales. En ese proceso, los vasos sanguíneos pueden contraerse para mantener el flujo, lo que acaba provocando justo el efecto contrario. La deshidratación puede terminar elevando la presión arterial, demostrando que no siempre los síntomas siguen una lógica sencilla y que beber poca agua puede jugar en ambos sentidos.
