En el actual escenario de marzo de 2026, la estabilidad de Oriente Próximo ha caído bajo mínimos como hace décadas no se recordaba. Los aproximadamente 700 militares españoles desplegados en el sur de Líbano, integrados en la misión UNIFIL de Naciones Unidas, viven hoy bajo el régimen de «bunkerización«. Tras los recientes ataques cruzados entre potencias regionales que han involucrado a Israel, Irán y grupos paramilitares, la seguridad de las tropas se ha convertido en la prioridad absoluta del Estado Mayor de la Defensa (EMAD). Aunque el mandato de paz de la Operación Libre Hidalgo sigue vigente, el Ministerio de Defensa mantiene actualizado el protocolo de extracción de emergencia para un escenario de guerra abierta que obligue a los cascos azules a abandonar sus posiciones en la Línea Azul.
La salida de un contingente militar de estas dimensiones en mitad de una zona de combate no es una tarea logística ordinaria, sino una operación de alta precisión que combina capacidades aéreas, navales y terrestres. En caso de una evacuación forzosa, el plan de España no operaría de forma aislada, sino bajo el paraguas de Naciones Unidas, aunque con activos nacionales preparados para actuar de forma autónoma si el colapso institucional fuera total. La base Miguel de Cervantes, situada cerca de Marjayún, es el centro de este despliegue y, paradójicamente, el punto más crítico para una evacuación terrestre debido a su proximidad a la frontera israelí, una zona que se convertiría de inmediato en un campo fuego cruzado.
La primera fase de una extracción de emergencia contempla el repliegue de los puestos avanzados hacia los búnkeres de las bases principales. Una vez allí, y si la ONU dictaminara que la misión es insostenible, se activaría la vía de salida hacia el norte. El puerto de Beirut y, en menor medida, los de Tiro y Sidón, se perfilan como los nodos logísticos esenciales para una evacuación por mar. La Armada Española juega aquí un papel determinante. Buques de transporte logístico como ‘El Camino Español’ o fragatas en misión de escolta serían movilizados hacia la costa libanesa para recibir al personal. La vía marítima se considera a menudo la más segura cuando los aeropuertos civiles y militares están bajo fuego o tienen sus pistas inhabilitadas por bombardeos.
El componente aéreo es la otra gran pinza del plan de extracción. El Ejército del Aire y del Espacio dispone de una flota de aviones A400M y A330 listos para despegar desde bases en España o desde puntos de apoyo intermedios en la región, como la base aérea de Akrotiri en Chipre. Esta isla mediterránea se ha consolidado en los últimos años como el «portaaviones natural» para las evacuaciones en Oriente Próximo. El tiempo de respuesta es vital: en operaciones previas de evacuación de civiles, los aviones militares españoles han demostrado capacidad para aterrizar en Beirut, cargar a cientos de personas y despegar en ventanas de tiempo inferiores a las dos horas, minimizando la exposición de las aeronaves a posibles ataques de artillería o misiles antiaéreos.

EL DESAFÍO TERRESTRE COMO MAYOR ESCOLLO
Sin embargo, el mayor desafío de una retirada en Líbano no es el transporte, sino el trayecto por tierra desde el sur hasta los puntos de salida. El corredor que une Marjayún con la capital libanesa atraviesa terrenos escarpados y zonas densamente pobladas que podrían estar bloqueadas por refugiados o controladas por milicias locales. Los blindados españoles, como los vehículos Vamtac y los BMR que aún prestan servicio en labores específicas, tendrían que escoltar convoyes de camiones y autobuses en una ruta de alta tensión. La coordinación con las Fuerzas Armadas Libanesas (LAF) es, en teoría, el mecanismo que debería facilitar este tránsito, pero en una situación de emergencia extrema, el contingente español debería confiar en su propia capacidad de autoprotección y en el reconocimiento aéreo para evitar emboscadas o zonas de bombardeo activo.
Recientemente, el EMAD ha demostrado que los mecanismos de repatriación rápida funcionan con eficacia. La evacuación médica de dos cascos azules realizada esta misma semana mediante aviones medicalizados subraya que el canal de salida está «engrasado». No obstante, la diferencia entre una evacuación sanitaria de dos individuos y la extracción de 700 soldados bajo fuego enemigo es abismal. Por ello, el adiestramiento de los militares españoles en Líbano incluye simulacros de abandono de posición y destrucción de material sensible para evitar que tecnología de comunicaciones o armamento caiga en manos no deseadas durante una retirada precipitada.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, ha reiterado en múltiples ocasiones que España no abandonará Líbano de forma unilateral, manteniendo su compromiso con la paz hasta que la ONU decida lo contrario. Pero la realidad sobre el terreno, con soldados pasando gran parte del día protegidos por muros de hormigón y estructuras subterráneas, sugiere que la línea entre la permanencia y la evacuación es cada vez más fina. La «bunkerización» no es solo una medida de protección pasiva; es el estado de espera necesario para que, si el orden de retirada llega desde Nueva York o Madrid, cada soldado sepa exactamente qué bípode recoger y en qué vehículo subir para iniciar el camino de regreso a casa.
España entiende que el prestigio internacional de liderar el Sector Este de la UNIFIL conlleva riesgos intrínsecos. La capacidad de ejecutar una extracción limpia y segura en el peor de los escenarios posibles es, en última instancia, la prueba definitiva de la madurez de unas Fuerzas Armadas que hoy miran al horizonte libanés con la mano en el fusil y el ojo en la hoja de ruta de evacuación. Mientras la diplomacia intenta silenciar los cañones, los planes de contingencia aseguran que, si el fuego se vuelve incontrolable, los cascos azules españoles tengan una salida garantizada.
