En el complejo escenario bélico, donde los drones Reaper caen sobre Irán y las tensiones nucleares alcanzan su punto máximo, ha surgido un frente de batalla inesperado: la sala de prensa del Pentágono. La decisión de excluir a los reporteros gráficos porque el secretario Pete Hegseth salió «poco favorecido» en las fotos del 2 de marzo ha dejado de ser una anécdota de relaciones públicas para convertirse en un escándalo de libertad de prensa.
El derecho a no salir «guapo» en el Pentágono
El fotoperiodismo tiene como misión documentar la realidad, no producir retratos publicitarios. En una rueda de prensa sobre la guerra, un ceño fruncido o una expresión de preocupación de un secretario de Guerra es información tan relevante como sus palabras. Sin embargo, el equipo de Hegseth parece haber olvidado este principio básico del periodismo.
Según ha revelado The Washington Post, la orden de restringir el acceso a las agencias internacionales fue una represalia directa por la difusión de imágenes que no cumplían con los estándares estéticos del secretario. En su lugar, el Pentágono ofrece ahora sus propias fotos: imágenes retocadas, seleccionadas y aprobadas por el propio gobierno. «Las fotos gubernamentales no son noticias, son propaganda», han respondido diversas asociaciones de prensa.
Un Pentágono cada vez más opaco
Este incidente no es un hecho aislado. Desde que Hegseth asumió el cargo en enero bajo la nueva administración Trump, el acceso a la información ha caído en picado. Se han retirado credenciales, se han restringido los movimientos de los periodistas por el edificio y se ha creado un «coro» de medios afines que han ocupado los puestos dejados por los medios tradicionales que se negaron a aceptar estas imposiciones.
El veto a los fotógrafos es el último paso hacia una comunicación totalmente controlada. Al eliminar el ojo independiente de un fotógrafo de Reuters o Associated Press, el Pentágono se asegura de que la única imagen de la guerra que llegue al público sea la que ellos quieren proyectar: una de orden, control y heroísmo impostado.
El precio de la vanidad en tiempos de conflicto
Lo que más indigna a la opinión pública internacional es el contraste entre la gravedad de la situación en Oriente Medio y la superficialidad de la medida. Mientras el Congreso debate el coste humano y económico de los ataques a instalaciones nucleares, el Departamento de Guerra dedica tiempo y recursos a gestionar los ángulos de cámara de su secretario.
«Es una falta de respeto hacia el público y hacia los soldados que están en el frente», afirmaba un veterano corresponsal de guerra. «Si el secretario está más preocupado por su perfil que por la transparencia de sus informes de guerra, tenemos un problema de liderazgo grave».
El peligro de la imagen única
La exclusión de los reporteros gráficos es un aviso para navegantes. Si el gobierno puede decidir quién toma las fotos basándose en criterios estéticos, el siguiente paso es decidir qué preguntas se pueden hacer basándose en criterios de amabilidad. El Pentágono de Pete Hegseth ha decidido que, en la guerra moderna, la imagen lo es todo, incluso si para mantenerla hay que sacrificar la verdad y el derecho a la información.
