Cadaqués aparece casi siempre en las listas de los pueblos más bonitos de la Costa Brava, pero entender por qué enamora tanto requiere caminarlo con calma. A simple vista es un pequeño pueblo blanco frente al Mediterráneo, con calles estrechas y casas que reflejan la luz del sol, aunque basta pasar un rato allí para darse cuenta de que tiene algo más difícil de explicar. Hay una mezcla de mar, arte y tranquilidad que ha seducido durante décadas a viajeros, escritores y pintores.
Ese carácter especial tiene mucho que ver con su aislamiento histórico, pues durante mucho tiempo, llegar a Cadaqués no fue sencillo, y ese relativo aislamiento ayudó a que el pueblo conservara una identidad propia. Hoy sigue manteniendo ese aire de antiguo refugio mediterráneo donde el tiempo parece avanzar un poco más despacio, entre fachadas blancas, buganvillas de colores y el sonido constante del mar.
1Un paseo por el corazón de Cadaqués
Caminar por Cadaqués es una experiencia que se disfruta sin prisa; aquí el paseo marítimo serpentea frente al Mediterráneo mientras las barcas de pescadores descansan en el agua, y en varios puntos del recorrido aparecen unas curiosas estructuras metálicas que funcionan como marcos. Si uno se coloca justo delante, el paisaje se convierte en una especie de cuadro vivo del pueblo.
La sorpresa llega cuando se mira unos centímetros a un lado y aparece la misma escena, pero convertida en pintura de Salvador Dalí. Es un pequeño juego visual que recuerda hasta qué punto Cadaqués ha estado ligado al arte. El casco antiguo mantiene ese espíritu creativo entre calles empedradas, talleres de artistas y restaurantes donde el pescado y el marisco del Mediterráneo son protagonistas.
