Cadaqués aparece casi siempre en las listas de los pueblos más bonitos de la Costa Brava, pero entender por qué enamora tanto requiere caminarlo con calma. A simple vista es un pequeño pueblo blanco frente al Mediterráneo, con calles estrechas y casas que reflejan la luz del sol, aunque basta pasar un rato allí para darse cuenta de que tiene algo más difícil de explicar. Hay una mezcla de mar, arte y tranquilidad que ha seducido durante décadas a viajeros, escritores y pintores.
Ese carácter especial tiene mucho que ver con su aislamiento histórico, pues durante mucho tiempo, llegar a Cadaqués no fue sencillo, y ese relativo aislamiento ayudó a que el pueblo conservara una identidad propia. Hoy sigue manteniendo ese aire de antiguo refugio mediterráneo donde el tiempo parece avanzar un poco más despacio, entre fachadas blancas, buganvillas de colores y el sonido constante del mar.
3Naturaleza salvaje alrededor de Cadaqués
Pero Cadaqués no solo destaca por su historia artística, sino por sus paisajes e infraestructuras también; por ejemplo, a pocos kilómetros del casco urbano comienza el Parque Natural del Cap de Creus, un paisaje abrupto donde el Mediterráneo choca contra rocas esculpidas por el viento y el mar. Cuando sopla la tramontana, el famoso viento del norte, el paisaje adquiere un carácter aún más salvaje.
Este parque natural abarca miles de hectáreas tanto en tierra como bajo el agua. Entre pinos, encinas y viñedos aparecen calas de agua transparente, mientras que bajo el mar se esconden praderas de posidonia, corales y una gran variedad de peces. Muy cerca también se encuentra el monasterio de Sant Pere de Rodes, un impresionante conjunto benedictino situado en lo alto de la montaña desde donde se obtienen algunas de las mejores vistas de toda la costa que rodea Cadaqués.

