¿El fin de la OTAN? Por qué Europa y Asia se están acercando a Pekín por culpa de Trump

- ¿Es el fin de la hegemonía estadounidense tal como la conocemos? Voces como la de Paul Krugman alertan de que la agresiva política exterior de Trump está empujando a los aliados de EE. UU. a los brazos de China.
- Ante la inestabilidad de Washington, Europa y Asia empiezan a ver en Pekín al socio más fiable, reconfigurando un mapa global donde el "Tío Sam" parece estar quedándose solo por elección propia.

La geopolítica global está asistiendo a un fenómeno que los historiadores del futuro señalarán como un punto de inflexión. Durante décadas, la alianza transatlántica fue el pilar inamovible del orden mundial. Sin embargo, bajo el actual mandato de Donald Trump, las grietas se han convertido en abismos. El prestigioso economista Paul Krugman ha puesto palabras a un sentimiento que recorre las cancillerías desde Berlín hasta Tokio: los aliados tradicionales de Estados Unidos ya no consideran a Washington su socio más fiable. Ese puesto, irónicamente, está empezando a ser ocupado por China.

La premisa de Krugman es sencilla pero devastadora: el comercio internacional requiere estabilidad, no espectáculo. La política de Donald Trump, basada en el anuncio de aranceles sorpresa mediante redes sociales y la renegociación constante de tratados ya firmados, ha inyectado un nivel de incertidumbre que las economías modernas no pueden digerir. Como resultado, países que hace cinco años habrían cerrado filas con EE. UU. en cualquier disputa contra Pekín, ahora mantienen una postura de equidistancia o, incluso, de acercamiento estratégico a la potencia asiática.

China: El socio pragmático frente al líder volátil

Pekín ha sabido leer este momento con maestría. Mientras la administración Trump se retira de acuerdos climáticos y tensiona las alianzas militares como la OTAN, el gobierno chino se presenta en los foros internacionales como el defensor del multilateralismo. Es una paradoja que Paul Krugman destaca con ironía: un régimen autoritario se ha convertido en el principal defensor del orden comercial que el propio Estados Unidos creó tras la Segunda Guerra Mundial.

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Para las empresas europeas y asiáticas, la China de 2026 ofrece algo que el Washington actual no puede garantizar: continuidad. Aunque el modelo chino plantea retos éticos y de seguridad, sus reglas de juego —por muy duras que sean— son conocidas y estables a diez años vista. En contraste, la política estadounidense se percibe ahora como un péndulo salvaje que cambia de dirección cada cuatro años, o incluso cada semana, dependiendo del humor del Despacho Oval.

Europa busca su propio camino

La Unión Europea ha acelerado su agenda de «autonomía estratégica». Esto no significa que Europa se haya vuelto pro-china, sino que ha entendido que no puede depender de un paraguas estadounidense que viene con condiciones cambiantes y amenazas comerciales adjuntas.

Este acercamiento Europa-China no es una alianza de valores, sino de supervivencia económica. En un mundo donde EE. UU. impone aranceles al acero o a los automóviles europeos bajo la excusa de la «seguridad nacional», Europa se ve obligada a buscar contrapesos. China, encantada de jugar el papel de alternativa razonable, está abriendo sectores de su mercado a los europeos que antes estaban blindados, buscando fracturar definitivamente la unidad del bloque occidental.

El coste del aislamiento

Krugman concluye que el mayor daño que Trump está infligiendo a su país no es el déficit comercial, sino la destrucción del «capital de confianza». Una vez que un aliado se siente traicionado o utilizado, la relación nunca vuelve a ser la misma. Estados Unidos corre el riesgo de ganar batallas comerciales pequeñas mediante la intimidación, mientras pierde la guerra por el liderazgo global ante su homónimo chino.

El mundo de 2026 es un lugar más fragmentado donde el liderazgo ya no es un derecho de nacimiento para Estados Unidos. La estrategia de «Estados Unidos Primero» está resultando en un «Estados Unidos Solo». Mientras los aliados se acostumbran a negociar con Pekín —un socio que, al menos, cumple sus contratos—, Washington se queda en la periferia de las grandes decisiones globales, atrapado en una retórica de confrontación que sus propios amigos ya no están dispuestos a financiar.