La historia oficial de las guerras rara vez coincide con la que guardan los sótanos de los ministerios de Asuntos Exteriores. Durante décadas, el inicio de la Guerra Civil de Sri Lanka se explicó como una explosión interna de tensiones étnicas entre la mayoría cingalesa y la minoría tamil. Sin embargo, los documentos desclasificados que hoy analiza The Wire revelan que, mientras el país ardía en los pogromos de 1983, un tercer actor operaba en las sombras con una eficacia letal: Israel.
La relación fue, desde el principio, un matrimonio de conveniencia nacido de la desesperación. El gobierno de Sri Lanka, asediado por una insurgencia tamil cada vez más sofisticada, necesitaba expertos en guerra urbana y contrainsurgencia. Israel, por su parte, buscaba romper su aislamiento diplomático en Asia y obtener divisas mediante la exportación de su floreciente tecnología militar. El problema era el «qué dirán»: Sri Lanka dependía del petróleo árabe y de sus lazos con el mundo islámico, por lo que cualquier alianza con el Estado judío debía ser estrictamente clandestina.
El Mossad en la jungla
Según los documentos de 2026, la llegada de los asesores israelíes a Colombo fue recibida con una mezcla de alivio y temor. Los agentes del Shin Bet se encargaron de profesionalizar a la policía y crear la Special Task Force (STF), una unidad que se haría famosa tanto por su efectividad en combate como por las acusaciones de violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Los israelíes enseñaron a las fuerzas locales tácticas de interrogatorio y vigilancia que habían perfeccionado en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.
Lo más escandaloso de los archivos desclasificados es la confirmación de lo que durante años fue un rumor: Israel suministró el equipo que permitió al gobierno ceilandés ganar la batalla por el mar y el aire. Las lanchas Dvora y Shaldag cortaron las líneas de suministro de los Tigres Tamiles desde la India, mientras que los cazas Kfir permitieron bombardeos estratégicos que cambiaron el curso de las operaciones en el norte de la isla.
El doble juego y las consecuencias éticas
Los archivos también arrojan luz sobre una faceta inquietante: la posible «doble formación». Hay indicios de que asesores israelíes pudieron haber entrenado a facciones tamiles en bases en el extranjero (como en Israel o Europa) simultáneamente o en periodos cercanos, una táctica de inteligencia diseñada para asegurar que, fuera quien fuera el ganador, Israel tuviera un aliado en el terreno. Este tipo de revelaciones está reabriendo heridas en la diáspora tamil y en la política interna de Sri Lanka, donde muchos se preguntan si la guerra se prolongó artificialmente por intereses externos.
El impacto de esta intervención fue profundo. Al introducir tácticas de «guerra total» en una fase tan temprana, se cerraron muchas puertas a la negociación política. La influencia israelí ayudó a militarizar el estado de Sri Lanka de una manera que perduraría mucho después de que los últimos asesores abandonaran la isla.
Lecciones de una desclasificación
Mirando hacia atrás desde 2026, la implicación de Israel en Sri Lanka sirve como un caso de estudio sobre cómo la geopolítica puede ignorar los derechos humanos en favor de la ventaja estratégica. Para Israel, fue una oportunidad de probar su equipo en un escenario de guerra real; para el gobierno de Sri Lanka, fue la clave para su supervivencia militar; para la población civil, fue el inicio de 26 años de una tragedia que dejó cicatrices imborrables.
La desclasificación de estos documentos no solo cambia nuestra comprensión del pasado, sino que nos obliga a cuestionar quiénes son los verdaderos beneficiarios de los conflictos que desangran al sur de Asia.
