La contaminación lumínica se ha metido en nuestras vidas casi sin que nos demos cuenta, como ese brillo constante que entra por la ventana o la pantalla que nunca se apaga del todo. Durante miles de años, el cuerpo humano se acostumbró a días con luz y noches oscuras, pero ese equilibrio cambió de golpe y hoy la noche, en muchos lugares, dejó de ser realmente noche.
La contaminación lumínica no solo transforma el paisaje, también empieza a dejar huella en la salud. Cada vez más estudios advierten que esa exposición continua a la luz artificial puede alterar procesos básicos del organismo, desde el sueño hasta funciones más complejas, y aunque todavía hay многое por entender, lo que ya se sabe invita a prestarle más atención de la que solemos darle.
2De las calles a la habitación, una exposición constante
La contaminación lumínica no viene de una sola fuente, está en todas partes. Desde las farolas, los anuncios luminosos o la iluminación de edificios, hasta los dispositivos dentro de casa, todo suma. Incluso en zonas rurales, donde antes predominaba la oscuridad, hoy el cielo nocturno se ve alterado por distintas fuentes de luz.
Dentro del hogar, las pantallas juegan un papel clave. Teléfonos, televisores, tablets o computadores emiten una luz que, aunque parece inofensiva, tiene un impacto acumulativo. Muchas de estas luces son de tipo LED, que tienden a emitir más luz azul, y eso intensifica el efecto sobre el organismo, sobre todo cuando se usan justo antes de dormir.

