El miedo está mucho más presente en el día a día de lo que parece, colándose en una película, en un susto inesperado o incluso en pensamientos que aparecen sin avisar y se quedan más tiempo del que deberían. Aunque muchas veces lo tomamos como algo pasajero, el miedo tiene la capacidad de activar en el cuerpo una serie de reacciones muy reales, como si estuviéramos frente a un peligro inmediato, incluso cuando no lo estamos.
El miedo, en el fondo, es un mecanismo de supervivencia que nos ha acompañado desde siempre, gracias a él nuestros antepasados lograron reaccionar rápido ante amenazas reales. El problema es que hoy ese mismo sistema sigue funcionando igual, aunque las amenazas hayan cambiado, y ahí es donde puede empezar a jugar en contra si se activa con demasiada frecuencia o en situaciones que no lo requieren.
1Un sistema de alerta que se enciende en segundos
El miedo activa lo que se conoce como respuesta de lucha o huida, un proceso automático que comienza en el cerebro, concretamente en la amígdala, que es la encargada de detectar posibles peligros. En cuanto percibe algo fuera de lo normal, envía señales al cuerpo para que se prepare, y en cuestión de segundos empiezan a liberarse hormonas como la adrenalina o el cortisol.
A partir de ahí todo cambia casi sin que lo notemos, el corazón late más rápido, la respiración se acelera, los músculos se tensan y la mente se enfoca únicamente en aquello que genera la sensación de amenaza. Es un sistema muy útil cuando realmente hay peligro, pero también muy exigente para el cuerpo, sobre todo si se activa una y otra vez.
