Las relaciones entre el Gobierno y los grandes grupos mediáticos españoles atraviesan un momento de contrastes: mientras algunas compañías viven una etapa de armonía con La Moncloa, otras registran tensiones crecientes, siendo el caso de Mediaset uno de los más destacados.
La reciente dimisión de la exministra socialista Cristina Garmendia como presidenta de Mediaset, seguida por la decisión de Pier Silvio Berlusconi de ascender al cargo a Mario Rodríguez, un hombre de la casa con un perfil político muy conservador, ha intensificado las fricciones entre la editora de Telecinco y Cuatro y el Ejecutivo.
El nombramiento de Rodríguez simboliza un giro hacia la derecha en el segundo canal, que se refleja en la programación de espacios como En boca de todos y Horizonte. Lo que en su origen eran programas de sucesos y misterio, respectivamente, se han convertido en altavoces de ideas ultraconservadoras y, en algunos casos, de narrativas afines a la extrema derecha.
Esta deriva editorial resulta particularmente incómoda para el PSOE, que percibe cómo un medio de gran alcance amplifica discursos ajenos a su línea política, generando un choque directo con los intereses del Ejecutivo. Por el contrario, las relaciones con RTVE se presentan mucho más relajadas.
El control absoluto que ejerce el Gobierno gracias a su presidente, José Pablo López, ha permitido unificar la estrategia de la corporación pública. López ha impulsado un modelo de infotainment que lidera las mañanas y ha revitalizado las tardes, siempre con la supervisión cercana del gurú sanchista José Miguel Contreras. Esta coordinación ha garantizado que RTVE funcione como un instrumento de comunicación favorable a la agenda gubernamental, evitando tensiones que sí se manifiestan con Mediaset.
Un escenario similar se da con Movistar Plus+, tras la ‘incursión’ del Gobierno en Telefónica. La llegada de Javier de Paz, exlíder de las juventudes del PSOE e íntimo de José Luis Rodríguez Zapatero, como presidente, junto con Jorge Pezzi al frente de ficción, ha reforzado la línea favorable al Ejecutivo en la plataforma.
Gracias a esta reorganización, el Gobierno cuenta con canales de comunicación que, si bien mantienen independencia en apariencia, operan bajo un prisma alineado con su estrategia. Otro caso relevante es el de Prisa, empresa que hasta hace poco mantenía una relación más distante con Moncloa. Sánchez ha levantado el veto a los medios y actos del grupo que preside Joseph Oughourlian, lo que ha permitido que El País y la Cadena SER mantengan una línea editorial proclive al sanchismo.
Esto se produce a pesar de la guerra personal que mantiene el presidente con Moncloa y que se ha recrudecido a raíz del pulso con Ángel Escribano, presidente de Indra, en la que Oughourlian es accionista. La intermediación del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero ha sido clave en este equilibrio, facilitando la coordinación a través de sus amigos profesionales, Fran Llorente, director de contenidos de la SER, y Jan Martínez-Ahrens, director de El País.
Pese a esta complicidad, la decisión de la cúpula de Prisa de incorporar a tertulianos de ideología conservadora en la emisora y de acercarse a la cúpula de Atresmedia inquietan al PSOE.
Atresmedia también ha experimentado una mejora en su relación con el Gobierno tras años de desencuentros. Fichajes estratégicos como Marc Giró o Aimar Bretos para La Sexta han reforzado el perfil progresista del canal, consolidando un espacio de comunicación que, sin ser abiertamente gubernamental, critica de manera consistente los errores del Partido Popular. En paralelo, la viralidad lograda por Carlos Alsina, desde Onda Cero, contra algunos errores de la derecha le ha despertado apoyos transversales.

La situación con Mediaset contrasta fuertemente con estos acuerdos. La entrada de Mario Rodríguez no solo consolida un giro derechista en la cadena, sino que también ha tensionado la relación con Moncloa porque coincide con un contexto en el que el PSOE ha logrado fortalecer su influencia en otros grandes grupos mediáticos.
Mientras RTVE o Prisa permiten al Gobierno transmitir su agenda con relativa tranquilidad, Mediaset funciona como un espacio donde las narrativas conservadoras y ultraderechistas pueden crecer sin cortapisas, generando una sensación de pérdida de control en la esfera política.
SINTONIZADOS
Los cambios en Mediaset llegan en un momento de especial sensibilidad mediática. La política de comunicación del Ejecutivo se ha consolidado en torno a una estrategia sanchista, buscando asegurar el apoyo o al menos la neutralidad de los medios que alcanzan a millones de españoles. La tensión con Mediaset se percibe, por tanto, como una anomalía dentro de un panorama en el que la mayoría de los grupos de comunicación han sido ‘sintonizados’ con los objetivos del Gobierno.
El contraste con Mediaset, por tanto, no solo radica en su perfil conservador, sino en la capacidad que la cadena tiene para influir en la opinión pública a través de programas que han mutado de entretenimiento a espacios de debate político con sesgo ideológico. Este cambio ha sido percibido como una amenaza indirecta al control que el Gobierno intenta mantener sobre la narrativa mediática nacional, generando tensión en las relaciones con Pier Silvio Berlusconi y la nueva dirección de la cadena.
