El embajador de EE. UU. en Canadá sostiene que el acuerdo comercial entre ambos países naufragó dos veces por decisión de Ottawa, y advierte de que en Washington ya nadie tiene prisa por volver a la mesa.
Pete Hoekstra, el diplomático que representa a la Administración Trump al norte de la frontera, lo explicó sin rodeos en una entrevista con Blaze News: ‘Creímos que habíamos alcanzado un acuerdo con Canadá en dos ocasiones. Y en dos ocasiones Canadá se ha levantado de la mesa’.
La versión de la Casa Blanca es que el texto rechazado era generoso. ‘Es el mejor acuerdo comercial que se le ha ofrecido a nadie en el mundo’, dijo el embajador. ‘Y si eso no le basta a Canadá, esperaremos. Esperaremos a que Canadá vuelva y pida regresar a la mesa de negociación’.
Del otro lado, el primer ministro Mark Carney mantiene que los negociadores estadounidenses exigían concesiones que comprometían la soberanía canadiense, con mención expresa a la protección del francés y de la cultura de Quebec. El Representante Comercial de EE. UU., Jamieson Greer, rebate esa lectura. Y el texto sigue sin publicarse: Carney no lo ha entregado ni al líder de la oposición, Pierre Poilievre.
Dos veces en la mesa y dos veces fuera: la letra pequeña del desencuentro
Preguntado por si será la Casa Blanca quien haga público el documento, Hoekstra devolvió la pelota: ‘Si el Gobierno canadiense quiere que los canadienses vean los elementos del acuerdo, es responsabilidad del Gobierno canadiense publicarlos. Nosotros hemos decidido no hacerlo’.
No hay prisa en Washington: el acuerdo que Ottawa rechazó dos veces sigue siendo, en la lectura de la Casa Blanca, el mejor que hay sobre la mesa.
El embajador sostiene que el problema no es solo arancelario, sino de clima político. ‘Ya no vemos necesariamente a Canadá como un país al que le gusta Estados Unidos’, afirmó. Y puso cifras: once provincias y territorios canadienses han prohibido la venta de alcohol estadounidense y otro más le ha aplicado aranceles del 50%. Doce de trece, en su cuenta.
De ahí su réplica a la expresión más repetida en Ottawa en los últimos meses. ‘A un desacuerdo comercial en el que, durante un tiempo, el 93% o el 95% del comercio cruzaba la frontera sin aranceles, ¿ustedes lo llaman guerra comercial?’, preguntó. La queja, en el fondo, no es contra el arancel: es contra el relato.
El giro hacia Bruselas y el pulso por el acero chino

Mientras la negociación sigue congelada, Carney ha acelerado su acercamiento a la Unión Europea. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, llegó a plantear en las últimas semanas que Canadá se convierta en el primer ‘miembro asociado’ de la UE, una fórmula cuyos términos aún no están definidos. Hoekstra no se inquieta: ‘Estamos más que dispuestos a dejar que Canadá recorra ese proceso y luego veremos cómo puede impactar en la relación con Estados Unidos, militar o económicamente’.
El segundo frente es Pekín. El embajador advirtió de que el acero, el aluminio, y otros materiales chinos pueden entrar en Estados Unidos a través de productos canadienses y esquivar así las restricciones vigentes. ‘El transbordo es un irritante enorme’, dijo, antes de añadir que la práctica expulsa a los fabricantes estadounidenses del mercado mediante competencia desleal y, en algunos casos, según su versión, con mano de obra forzada.
La hipótesis de un choque militar entre los dos vecinos, que Carney admitió sopesar en una entrevista en The New York Times, no le quita el sueño. Recordó la respuesta de un general estadounidense en Vancouver: ‘Sí, y después pregúnteme por nuestros planes de invadir el suelo marciano’.
La Lógica de Washington
Entender por qué la Casa Blanca se sienta a esperar exige mirar el tablero desde dentro. El objetivo no es cerrar un acuerdo rápido, sino que el coste de no cerrarlo lo pague la otra parte. En la lectura de la Administración Trump, Canadá necesita más el mercado estadounidense —en torno al 75% de sus exportaciones cruzan esa frontera— que al revés. A eso se suma el reloj: el T-MEC, el tratado que sustituyó al NAFTA en 2020, contempla una revisión conjunta en su sexto año de vigencia, es decir, a lo largo de este 2026, y Washington quiere llegar a esa cita con las cartas marcadas.
Hay precedente. Reagan protegió el acero americano en 1984 en nombre del empleo industrial; George W. Bush repitió el gesto en 2002 y lo retiró ante la amenaza de represalias europeas; y el propio Trump activó en 2018 la Section 232 (el artículo de la ley de comercio de 1962 que permite al presidente imponer aranceles por seguridad nacional sin pasar por el Congreso). La coalición que sostiene esta política sigue siendo la misma: el Partido Republicano del cinturón industrial, los productores de acero y aluminio y un electorado que premia la firmeza negociadora por encima de la foto final.
Para España, el pulso se sigue con interés y con distancia. El CETA, el acuerdo entre la UE y Canadá aplicado de forma provisional desde 2017, ha abierto un mercado secundario para la exportación española —vino, aceite de oliva, maquinaria y componentes de automoción—, muy por debajo del volumen que mueve Estados Unidos. La exposición directa es limitada; la indirecta, no tanto: Ferrovial controla junto a otros socios la autopista 407 ETR, en Ontario, y cualquier giro proteccionista acaba filtrándose a la normativa provincial. Si Bruselas convierte a Canadá en socio asociado, España tiene poco que perder y bastante que ganar; si el control del transbordo se endurece, los exportadores europeos que usen acero o aluminio de origen chino quedarán en el punto de mira.
La proyección inmediata pasa por Ottawa. La Casa Blanca no piensa mover ficha y Hoekstra lo dejó claro: ‘Esperaremos’. En paralelo, la Comisión Europea tiene por delante definir qué significa exactamente esa membresía asociada, un debate que se resolverá en los próximos meses y que condicionará la respuesta estadounidense. La incógnita es si Carney utiliza el acercamiento a la UE como palanca real o como simple presión negociadora. Nadie en la Casa Blanca parece tener prisa por averiguarlo.
Ficha del Caso
- El caso: El embajador de Estados Unidos en Canadá, Pete Hoekstra, sostiene que Ottawa ha rechazado dos veces el acuerdo comercial propuesto por Washington y que no habrá nuevas concesiones.
- Datos clave: Doce de las trece provincias y territorios canadienses han adoptado medidas contra productos estadounidenses: once prohíben el alcohol y uno aplica aranceles del 50%. El comercio bilateral cruzaba la frontera libre de aranceles en un 93%-95%, según el embajador.
- Para España: la exposición directa es reducida, pero el CETA y la posible membresía asociada de Canadá en la UE abren una ventana para el vino, el aceite, la maquinaria y las infraestructuras españolas en Norteamérica.

