El aguacero que cayó sobre Aranjuez la noche del 27 de agosto de 1758 quedó anotado en las gacetas de la corte. En una de las alcobas del palacio, Bárbara de Braganza, reina de España, llevaba horas luchando por respirar. Tenía cuarenta y seis años y asma desde niña. A su lado, sin moverse, estaba su marido: Fernando VI, rey de España desde hacía doce años, el hombre que había gobernado con la obsesión de no entrar en ninguna guerra. Cuando la reina murió, el rey no gritó. No rompió nada. Se limitó a quedarse quieto. Y siguió quieto, día tras día, hasta que también él se murió en un palacio de las afueras, menos de un año después, sin firmar apenas un papel desde el entierro.
Capítulo I: La princesa del Tajo
Bárbara de Braganza había nacido en Lisboa el 4 de diciembre de 1711. Era hija de Juan V de Portugal y de Mariana de Austria, y había crecido en un palacio donde la música se tocaba a diario y los mejores compositores italianos cobraban del rey. Fernando, por su parte, había nacido en Madrid el 23 de septiembre de 1713, hijo de Felipe V y de María Luisa Gabriela de Saboya, y se había quedado huérfano de madre antes de cumplir el año. Su padre volvió a casarse, con Isabel de Farnesio, y tuvo con ella varios hijos más. Fernando pasó a ser un príncipe de segunda en su propia casa: callado, reservado, sin corte propia y sin apenas amigos.
El matrimonio llegó por vía diplomática. Las coronas de Madrid y Lisboa llevaban décadas de recelo mutuo y ambas necesitaban un gesto. En enero de 1729, en mitad del río Caya, en la raya que separa Badajoz de Elvas, se escenificó uno de esos espectáculos que la Europa del Antiguo Régimen adoraba: el intercambio de dos princesas. Bárbara cruzaba hacia España para casarse con el príncipe de Asturias. Mariana Victoria, hermanastra pequeña de Fernando, cruzaba en sentido contrario para casarse con el príncipe de Brasil, el futuro José I de Portugal.
Fernando y Bárbara tenían entonces quince y diecisiete años. Él había pasado su infancia recluido en palacio; ella llegaba de una corte más brillante y más italiana que la española. Lo que sobre el papel era un matrimonio de conveniencia se convirtió en otra cosa. Los embajadores extranjeros acreditados en Madrid, que durante décadas enviaron informes sobre las rarezas de la corte, coincidieron en un detalle doméstico: el príncipe y la princesa apenas se separaban. No se les conocieron amantes, ni desaires públicos, ni amarguras conyugales.
Bárbara trajo consigo a Madrid a su maestro de clave, Domenico Scarlatti, y una afición seria por la música que transformó la vida cultural del palacio. Nunca tuvieron hijos. Esa circunstancia acabaría siendo decisiva para la política española del siglo XVIII: a la muerte de Fernando, la corona pasaría a su hermanastro Carlos, rey de Nápoles, y con él a la rama italiana de los Borbones.
Capítulo II: El reinado de los dos ministros
Felipe V murió en el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial el 9 de julio de 1746. Tenía sesenta y dos años, llevaba cuarenta y seis sobre el trono y había pasado los últimos meses sumido en una de sus crisis de melancolía. Fernando, su hijo, tenía entonces treinta y dos años y llevaba diecisiete esperando. No heredó un imperio cómodo: la guerra de Sucesión austriaca seguía abierta, la hacienda estaba desfondada y la corte arrastraba los vicios de la época anterior.
El nuevo rey gobernó con dos hombres. José de Carvajal y Lancáster, un extremeño nacido en 1698, se ocupó de la Secretaría de Estado: diplomacia, alianzas, tratados. Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, un riojano nacido en Hervías en 1702 que había llegado al poder por su trabajo en la marina, tomó Hacienda, Marina, Indias y Guerra. Entre los dos armaron una política exterior de perfil bajo que buscaba sacar a España de los conflictos europeos.
Fernando VI sacó a España de la guerra de Sucesión austriaca con la paz de Aquisgrán, firmada en 1748. En 1750 firmó con Portugal el Tratado de Madrid, por el que ambos reinos intercambiaron colonias en América del Sur: España se quedaba con la Colonia del Sacramento, en el Río de la Plata, y cedía a Lisboa los territorios de las misiones jesuíticas del Paraguay. El intercambio fue catastrófico para los indígenas guaraníes, que se levantaron en armas entre 1754 y 1756 contra la obligación de abandonar sus pueblos. Fue la llamada guerra Guaranítica, un episodio que la monarquía no supo gestionar y que dejó un reguero de muertos a ambos lados de la frontera.
El otro gran golpe diplomático del reinado llegó en 1753: el concordato con la Santa Sede. Benedicto XIV cedió al rey de España un derecho que los Austrias habían perseguido durante dos siglos: el control efectivo sobre los nombramientos eclesiásticos y sobre las rentas de la Iglesia española. Para la corona fue la victoria más importante del reinado.
En 1754 se rompió el equilibrio. El 8 de abril murió Carvajal. El 20 de julio, el marqués de la Ensenada fue detenido en su casa de Madrid por orden del rey. Había sido el ministro más poderoso del reinado y acabó sus días desterrado en Medina del Campo, donde murió en 1781. En su lugar emergió un irlandés nacionalizado español, Ricardo Wall, que dirigiría la política exterior hasta bien entrado el reinado de Carlos III.
Mientras los ministros discutían tratados, la corte de Fernando VI y Bárbara se convirtió en una de las más refinadas de Europa. Domenico Scarlatti, instalado en Madrid desde 1729, murió en la capital en 1757. El castrato Carlo Broschi, Farinelli, el cantante que había calmado la melancolía de Felipe V con sus arias, siguió en palacio y organizó espectáculos en Aranjuez y en el Coliseo del Buen Retiro. La reina leía, tocaba el clave y protegía a los músicos con largueza. Fernando pagaba sin rechistar. El matrimonio sin hijos había construido una burbuja privada dentro del aparato de la monarquía.

Capítulo III: La noche de Aranjuez
En la primavera de 1758 la reina ya no podía subir escaleras sin detenerse a respirar. El asma la había ido consumiendo desde la infancia y las humedades de Aranjuez le sentaban cada vez peor. La noche del 27 de agosto de 1758 su cuerpo cedió. Murió en palacio, a los cuarenta y seis años, después de veintinueve de matrimonio y doce de reinado. Una tormenta furiosa cayó sobre el Real Sitio mientras agonizaba; las gacetas de la época lo dejaron anotado y los memoriales de la corte lo repitieron durante generaciones.
El rey la siguió hasta el último momento. Cuando la reina dejó de respirar, Fernando se encerró. Ordenó que el cuerpo fuera trasladado a Madrid, al convento de las Salesas Reales, la fundación que ambos habían amparado una década antes y donde ella quería ser enterrada. Allí quedó depositada Bárbara en un sepulcro provisional. Poco después, el rey dejó de firmar.

Capítulo IV: El palacio sin firmas
El rey se retiró al palacio de Villaviciosa de Odón, a unas leguas al suroeste de Madrid, un edificio que los Borbones usaban como residencia de verano y que él no volvería a abandonar. Allí empezó a comportarse de un modo que los embajadores extranjeros describieron con perplejidad creciente.
Dejó de firmar los papeles de Estado. Los despachos se acumulaban sobre la mesa del secretario sin resolver, y cualquier nombramiento, cualquier tratado, cualquier orden que exigiera la rúbrica del rey quedaba en suspenso. Ricardo Wall, el ministro irlandés, despachaba los asuntos ordinarios como podía; los extraordinarios se paralizaron.
Dejó de afeitarse. Dejó de cambiarse de ropa. Dejó de salir de sus habitaciones y de comer en público. Los sirvientes que le veían aseguraban que pasaba las noches en vela, hablando solo por los corredores o mirando por las ventanas los jardines que él mismo había mandado diseñar. Se negaba a recibir visitas. Se negaba, sobre todo, a aceptar que Bárbara estaba muerta.
Los médicos de la corte hablaron de melancolía y de manía, los dos términos que la medicina del siglo XVIII usaba para describir las enfermedades del ánimo. La familia de Fernando no era ajena a estos padecimientos: su padre, Felipe V, había sufrido crisis graves durante décadas. La historiografía moderna ha discutido si el rey padecía un trastorno bipolar, una depresión mayor con episodios psicóticos o una reacción de duelo patológico. No hay acuerdo, pero el hecho es incontestable: desde finales de 1758, el monarca dejó de gobernar de hecho.
Mientras el rey se apagaba en Villaviciosa, Europa miraba a Nápoles. El heredero era Carlos, su hermanastro, hijo de Isabel de Farnesio, que reinaba en Nápoles y Sicilia con el nombre de Carlos VII. La corte de Madrid sabía que, a la muerte de Fernando, la corona española volvería a cambiar de manos y que el nuevo rey traería consigo los aires reformistas de Italia. Los ministros esperaban. Los embajadores informaban. Fernando se dejaba morir.

Capítulo V: Villaviciosa de Odón
Fernando VI murió en el palacio de Villaviciosa de Odón el 10 de agosto de 1759. Tenía cuarenta y cinco años y llevaba casi un año sin ejercer de rey. Sus restos se trasladaron a Madrid y se depositaron junto a los de Bárbara en la iglesia del convento de las Salesas Reales, que tardaría todavía años en estar terminada. Los dos esposos siguen enterrados allí, en el centro de Madrid, en el templo de Santa Bárbara.
En los días siguientes, Carlos III fue proclamado rey. El nuevo monarca estaba en Nápoles y no llegó a España hasta el otoño, cuando desembarcó en Barcelona; entró en Madrid a finales de 1759. El tránsito fue tranquilo. La maquinaria del Estado funcionó sin el rey porque llevaba once meses funcionando sin él.
La muerte de Fernando VI se llevó también un modo de gobernar. Su reinado fue breve y discreto, trece años, pero dejó un país menos exhausto que el que había heredado: hacienda ordenada, marina en construcción, iglesia domesticada por el concordato de 1753 y, sobre todo, una paz que España no había conocido en décadas. La posteridad lo llamó a menudo el rey prudente. Los historiadores del siglo XX discutieron si aquella prudencia fue virtud o simple apatía. Los documentos, sin embargo, dejan un rastro que cuesta discutir.
La última escena del reinado no fue una batalla ni una firma solemne. Fue un hombre de cuarenta y cinco años encerrado en una habitación de un palacio de provincias, sin afeitar, mirando por una ventana un jardín por el que ya no caminaba. Los cortesanos que se acercaron a Villaviciosa dejaron constancia del silencio del rey. Los archivos guardan, en cambio, la prueba de su ausencia: en el verano de 1759, cuando lo encontraron muerto, la mesa de despacho de Fernando VI seguía cubierta de papeles sin firmar.
